INSTITUTO SAN ANTONIO
HISTORIA
4° AÑO
MATERIAL DE TRABAJO
“LOS NAZI – FASCISMOS EN EUROPA DE ENTREGUERRAS”
Fuentes consultadas:
clio.rediris.es/n32/historiaycine/historiaycine.htm
www.historiasiglo20.org/
www.claseshistoria.com
Introducción
El término fascismo
es, posiblemente, uno de los más utilizados en la terminología política e
histórica.
El fascismo, en sentido estricto, es un movimiento político que nació en Italia
ligado a la figura de Benito
Mussolini.
Los fascistas llegaron al poder en Roma en 1922.
El rápido triunfo de Mussolini provocó que el uso
del término fascismo se extendiera para referirse a los movimientos totalitarios de extrema
derecha que nacieron en el período de entreguerras en Europa. El ejemplo más
relevante fue la versión alemana encabezada por Adolfo
Hitler,
el nacionalsocialismo o nazismo. En España,
la Falange y, en cierta medida, la dictadura de Franco tuvieron rasgos típicos
del fascismo.
Por extensión, y a veces de forma poco
apropiada, la palabra fascismo se utiliza para referirse a todo tipo de
movimientos autoritarios de extrema derecha que han ido surgiendo en el mundo
en épocas posteriores.
Al igual que el comunismo soviético, el
fascismo nació en sociedades desgarradas por la primera guerra mundial. La
sociedad traumatizada surgida en 1918 fue el caldo de cultivo que permitió el
nacimiento de una ideología cruel, responsable en gran medida de la segunda
guerra mundial.
En estas sociedades de la posguerra
encontramos diversos factores que ayudaron al triunfo del fascismo:
·
La
existencia de millones de ex-combatientes con una ideología autoritaria,
antidemocrática e hiper nacionalista.
·
Una
fuerte crisis económica.
·
El
descontento nacionalistas en algunos países europeos como Italia o Alemania.
·
El
miedo en las clases medias y altos al triunfo de una revolución comunista, tal
como había pasado en Rusia en 1917
Las
características del fascismo
El fascismo constituye un fenómeno complejo que adquirió diferentes
características según los países. Un ejemplo controvertido es el “franquismo”
que, si bien compartió con el fascismo y el nacionalsocialismo importantes
rasgos, tuvo algunos elementos diferenciadores (especialmente el peso de la
Iglesia Católica) con respecto a los regímenes italiano y alemán. No obstante, podemos distinguir una serie de
rasgos comunes al fascismo:
Totalitarismo
El estado fascista fue un estado
totalitario. El gobierno y la burocracia estatal trataron de intervenir en
todos los ámbitos de la vida, coartando la libertad de los individuos. El
estado trató de controlar la escuela, la juventud, la vida laboral y
empresarial, el mundo femenino, los medios de comunicación.
A diferencia del estado liberal,
sustentado en la libertad individual, en el fascismo las personas se
subordinaban plenamente al estado. Un estado que se fundamentaba en la fuerza,
el liderazgo y la jerarquía, ejerciendo un absoluto control de la
sociedad.
El partido oficial era la única
organización política permitida. El partido (fascista, nacional-socialista)
fiscalizaba y regulaba la acción del estado con el cual llegó a confundirse.
Antiliberalismo
Para los ideólogos fascistas el
liberalismo era una ideología débil, incapaz de frenar al auge del comunismo e
ineficaz para mantener el rumbo de una economía sometida a una profunda crisis
en el período de entreguerras.
La democracia y el sufragio
universal fueron considerados métodos artificiales e inútiles que intentaban
igualar la natural desigualdad entre los hombres.
La libertad, encarnada en los
derechos de expresión, asociación o reunión fue contemplada con absoluto desdén
por una ideología fascista que defendía los conceptos de jerarquía, disciplina
y obediencia.
Los partidos políticos eran
elementos que llevaban al desorden y a la desmembración social y por
consecuencia, en aquellos países donde el fascismo alcanzó el poder, fueron
ilegalizados y perseguidos. El estado fascista se basó en un único partido bajo
el liderazgo del jefe o caudillo.
Anticapitalismo
El fascismo tuvo en su origen un
carácter anticapitalista. El término nacional-socialista es una reminiscencia de esos inicios.
Sin embargo, especialmente en el
caso alemán, el capitalismo se identificó con los financieros y banqueros
judíos, calificados como elementos degenerados de la burguesía. La propaganda
fascista trató de distinguir entre la figura del gran capitalista, sinónimo de
usurero corrupto, y la del empresario, honrado, laborioso y solidario con la
comunidad.
El anticapitalismo fascista tuvo
su mayor expresión en la organización corporativa del mundo del trabajo.
Empresarios y trabajadores fueron obligados a pertenecer a sindicatos
obligatorios, controlados por el partido único. Los trabajadores, que perdieron
sus sindicatos libres, fueron los grandes perjudicados de esta reorganización
del mundo laboral.
Sin embargo, a pesar de la
palabrería propagandística, Hitler, Mussolini y otros dictadores fascistas recibieron el apoyo
del gran capital en su ascenso al poder. Y una vez alcanzado éste, la alianza
con los grandes empresarios se estrechó aún más, hasta constituirse en la
columna sobre la que se vertebró la economía.
Antimarxismo
La lucha de clases, elemento clave en la visión
marxista de la sociedad, chocaba frontalmente con la ideología unificadora,
nacionalista y totalitaria del fascismo. Los grupos paramilitares fascistas,
los “squadristi” o “camisas negras” italianos, los SA o “camisas pardas”
alemanes, hostigaron desde un principio a las organizaciones socialistas,
comunistas y anarquistas. Los sindicatos y partidos de izquierda fueron inmediatamente
ilegalizados y perseguidos al acceder al poder los fascistas y
nacional-socialistas.
La furibunda actitud fascista
contra las organizaciones obreras le granjeó a Mussolini y Hitler la simpatía de muchas clases medias que veían
con pavor la posibilidad de una revolución comunista en sus países.
Autoritarismo
y militarismo
El fascismo concebía la sociedad
como una organización militar. En ella cada individuo debía ocupar un
lugar determinado y desarrollar una función específica. La jerarquía, el mando
y la disciplina debían regir el funcionamiento social. No había lugar para
discrepancias o disensiones. Cualquier desobediencia se debía solucionar por la violencia.
Así, los partidos fascistas
organizaron desde un principio grupos paramilitares uniformados, los SA
nazis, los “camisas negras”, que desde un principio aplicaron la violencia
terrorista a la actividad política.
Al llegar al poder el fascismo y
el nacional-socialismo potenciaron el papel de las fuerzas armadas, esenciales
para poner en práctica sus planes de expansión territorial. El espíritu militar
impregnó completamente la sociedad: los grandiosos desfiles militares se
hicieron cotidianos, los jóvenes fueron educados en los valores castrenses, los
saludos y uniformes proliferaron.
En concordancia con la exaltación
de lo militar, el fascismo promovió los “valores masculinos”. El papel de la
mujer quedó relegado al rol tradicional de madre y esposa.
Nacionalismo
exacerbado
Los fascismos organizaron su
visión totalitaria en torno al concepto de nación. La unidad nacional en torno
al estado, al partido único y al líder será la máxima aspiración de la
ideología fascista. Este nacionalismo extremo tomó diferentes formas en los
distintos países.
El nacionalismo de los partidos fascistas derivó
inmediatamente en sueños expansionistas. Mussolini soñó con resucitar la antigua Roma y
unificar el mediterráneo, “il mare nostro”, bajo la hegemonía italiana. Hitler imaginó, y esta ensoñación trajo
consecuencias siniestras, con un nuevo III Reich, el tercer imperio alemán,
bajo la dirección de la raza superior germana. Incluso Franco se permitió
proclamar la vuelta al imperio, exaltando la España de los Reyes Católicos y
los primeros monarcas Habsburgo.
Liderazgo
de un jefe carismático
Los partidos y, posteriormente,
los estados fascistas se organizaron en torno a la figura de un jefe
("Duce, Führer, Caudillo") con poderes absolutos sobre el partido, el
estado y la sociedad. El eslogan italiano "Il Duce ha sempre ragione"
(el Duce siempre tiene razón) explica por sí solo esa postura irracional de
obediencia absoluta al líder.
El jefe estaba dotado de un
especial carisma que hiciera que su personalidad sobresaliera sobre los demás
mortales. Este carisma fue alimentado a través del culto a la personalidad. Un
culto alimentado por una propaganda sistemática de exaltación del líder. En
este sentido el fascismo se hermana perfectamente con el estalinismo.
Empleo
de la propaganda y el terror
Los regímenes fascistas
pusieron gran empeño en controlar los medios de comunicación, especialmente, la
radio y la prensa. Tras abolir libertad de expresión y perseguir a
cualquier medio que se atreviese a desafiar esta prohibición, los gobiernos
fascistas utilizaron masivamente la propaganda para inculcar los valores de su
ideología. La gran figura en la manipulación de la verdad y la propaganda
alienante fue el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels.
A los que no se dejaban convencer
por la manipulación informativa, el fascismo reservaba el empleo sistemático
del terror, desde la amenaza hasta la reclusión en campos de concentración y el
asesinato.
Racismo
La ideología fascista era
totalmente contraria a la idea de igualdad (entre los seres humanos, entre los
sexos, entre las naciones). En este sentido, el fascismo y, muy especialmente,
su versión alemana: el nacional-socialismo fue una ideología radicalmente
racista.
El nazismo se basaba en una
visión racial de la humanidad en la que las razonas superiores, en la cúspide
entre ellas la raza aria germana, debía de dominar y esclavizar a las razas
inferiores (los eslavos especialmente). Punto y aparte lo constituía lo que los
nazis denominaron “infrahombres”, el pueblo judío.
El antisemitismo constituyó el
eje central de la ideología nazi. Desde el hostigamiento se pasó a la
discriminación jurídica (Leyes de Nuremberg, 1935), para llegar durante la
segunda guerra mundial a la “solución final” del problema judío. Un
eufemismo para referirse al exterminio de seis millones de judíos de la Europa
central y oriental. El pueblo gitano sufrió también una brutal persecución por
parte del nazismo alemán. Los orígenes del fascismo italiano
Los orígenes
La génesis del Estado fascista ha
de vincularse con la crisis que azotó Italia al final de la I Guerra Mundial.
Alineada en el conflicto con Francia, Gran Bretaña y Rusia (pese a su inicial
pertenencia al bando opuesto) salió vencedora del conflicto, pero lo hizo
aquejada de serios problemas económicos, sociales y políticos que dieron lugar
a una fuerte conflictividad y propiciaron el descrédito del sistema
parlamentario liberal.
Económicamente, el país concluyó
la guerra debilitado, con un industria dañada, con el norte -el más
desarrollado- muy afectado por los combates y con una todavía anticuada
estructura rural en el resto. El paro y la inflación fueron en constante
incremento.
Socialistas italianos en Livorno
Socialmente, la crisis económica
condujo a una notable agitación en los sectores más radicales de la clase
obrera, partidarios de tesis revolucionarias del estilo de las desarrolladas
por los bolcheviques en Rusia.
Esta situación sembró la
inquietud entre las clases medias y la gran burguesía, quienes a partir de
entonces se sintieron atraídas por la acción contrarrevolucionaria y violenta
de los fascistas frente a la izquierda. Texto. Ambiente revolucionario en los
años veinte Texto. La violencia según Mussolini. Benito Mussolini. Fragmento de
un discurso. 1921
Políticamente, el nacionalismo
italiano se sintió herido al interpretar que Italia había sido maltratada en
las negociaciones llevadas a cabo por los vencedores en la Paz de París. Este
sentimiento fue hábilmente explotado por Mussolini quien en todo momento hizo
alarde de una política de exaltación patriótica.
Durante el desarrollo de esas
negociaciones, y con la oposición de las potencias, numerosos excombatientes
ultranacionalistas se agruparon en torno a la figura del
"poeta-soldado" D’Annunzio y ocuparon en 1919 la ciudad yugoslava de
Fiume (hoy Rijeka, en Croacia), creando en 1920 un pequeño estado de carácter
totalitario que más tarde se vinculó a Italia en 1924.
D'Annunzio. Poeta y dramaturgo
italiano (1863-1938), de ideología ultranacionalista y partidario del fascismo.
Su acción de conquista de Fiume hay que encuadrarla dentro de la exaltación del
nacionalismo italiano tras la I Guerra Mundial. En 1945, una vez derrotado el
fascismo, Fiume volvió a ser reintegrada a Yugoslavia.
La toma del poder
La llegada al poder del fascismo
tuvo lugar en medio de una Italia revuelta. Tres fuerzas principales
comprendían el arco político a comienzos de la década de los 20: destacaba el Partido
Popular Italiano, de ideología católica moderada, creado en 1919 por el
Secretario de Acción Católica Luigi Sturzo y apoyado por el papa Benedicto XIV.
Antonio Gramsci
Le seguía en importancia el
Partido Socialista, sujeto a fuertes tensiones internas que terminaron con su
ruptura en dos sectores. Uno de ellos se convirtió en 1921 en la tercera fuerza
política italiana: el Partido Comunista, de carácter revolucionario, integrado
en la III Internacional (Komintern) y entre cuyos fundadores destacó el
pensador y escritor Antonio Gramsci.
La cuarta fuerza presente en la
vida política italiana era el Partido Fascista, surgido en 1921 de los
"Fasci di Combattimento", en cuyo seno convergían diversos sectores,
desde antiguos socialistas (caso del mismo Mussolini) hasta grupos
ultraconservadores. La progresión del Partido Fascista fue rápida. En 1920 sus
miembros protagonizaron numerosos actos de violencia frente a militantes de
izquierda y sindicalistas. En 1922 su presencia en la vida política italiana
era ya un hecho, copando numerosos gobiernos de carácter local y provincial y
reuniendo en sus filas numerosos simpatizantes procedentes de círculos
empresariales, la Iglesia y el Ejército.
La inestabilidad de la situación
política italiana de posguerra propició el ascenso del fascismo. Los
trabajadores, organizados en activos sindicatos como el socialista
Confederación General Italiana del Trabajo participaron en importantes
movilizaciones (ocupación de tierras y fábricas entre 1919 y 1920) que
culminaron en una huelga general el 31 de julio de 1922. Ésta fue aplastada por
la reacción violenta de grupos fascistas que sembraron de víctimas el país.
Los grandes propietarios
industriales y agrarios, los católicos, los conservadores, atemorizados por las
proclamas revolucionarias del izquierdismo más radical, se refugiaron en el
profundo anticomunismo de los “fasci”. La violencia se apoderó de pueblos y
ciudades favorecida por la inepcia y la inoperancia de los débiles y efímeros
gobiernos que se sucedían con rapidez, en medio del descrédito del sistema
parlamentario. Estos hechos favorecieron que un creciente número de italianos
reclamara la acción de un gobierno fuerte y estable.
En ese ambiente se produjo el
definitivo asalto al poder del fascismo. La oportunidad llegó tras la “Marcha
sobre Roma” organizada en el mes de octubre de 1922. Mediante esa maniobra los
fascistas pretendían forzar la dimisión del gobierno constitucional e imponer
el de Mussolini.
La marcha sobre Roma
La Marcha sobre Roma movilizó a miles
de fascistas de todo el país que se dirigieron desde Nápoles hacia la capital.
Ataviados con característicos uniformes, “los camisas negras” fueron conducidos
por Mussolini que permaneció en Milán a la espera del desarrollo de los
acontecimientos.
El Jefe de Gobierno, Luigi Facta,
pidió al Jefe del Estado -el rey Víctor Manuel III- que declarase el estado de
sitio para detener la marcha, pero éste se opuso a la medida. En las razones de
tal decisión posiblemente debió pesar el temor que suscitaba en el monarca el
estallido de una revolución socialista y el desencadenamiento de una guerra
civil.
Victor Manuel III, rey de
Italia entre 1900 y 1946. En 1922 llevó
al poder a Mussolini. A partir de entonces su gobierno fue simplemente nominal.
Víctor Manuel III
También influyó en él la
desconfianza que sentía por los políticos del Partido Popular de Sturzo. Por lo
demás, la patronal e importantes sectores del ejército, simpatizaban de forma
abierta con Mussolini.
El 29 de octubre el rey pidió a
éste la formación de un gobierno. El fascismo había llegado al poder con el
concurso del jefe del Estado italiano.
El ascenso al poder de Mussolini
no ocasionó de forma automática la implantación de un Estado fascista.
B. Mussolini
Aunque convertido en primer ministro,
gobernó durante unos meses sustentado en una coalición de partidos (liberales,
nacionalistas y católicos) dentro de los cauces constitucionales; de hecho, su
primer gobierno (1923) tan solo contó con cuatro ministros fascistas.
En 1924 se celebraron elecciones
generales en un ambiente de tensión y violencia. De 7 millones de votos algo
más de 4 fueron para los "fasci", mientras que 3 recayeron sobre la
oposición. Sin embargo, aquellos obtuvieron mayoría gracias a una ley electoral
aprobada en 1923, según la cual el partido que obtuviese un 25 % de los votos
se alzaría con una representación de dos terceras partes de la Cámara. Las
denuncias en el Parlamento del diputado socialista Giacomo Matteotti de las
arbitrariedades y la violencia cometidas por los fascistas precedieron a su
secuestro y posterior asesinato. Todo indicó que el responsable de tal crimen
había sido Mussolini. Texto. Las denuncias de Matteotti. Matteotti. Discurso de
marzo de 1921
Giacomo Matteotti
El escándalo y las protestas que
se elevaron desde todos los sectores políticos, la prensa y el extranjero
arrinconaron a Mussolini. Diversos sectores de la coalición de gobierno le
volvieron la espalda. El Partido Popular de Sturzo e importantes sectores de la
Iglesia condenaron el hecho. Los intelectuales y el mundo académico firmaron un
comunicado de rechazo. Mussolini fue repudiado internacionalmente y el fascismo
estuvo sujeto durante meses a una fuerte crisis que a punto estuvo de costarle
el poder. Los diputados de la oposición abandonaron el Parlamento. Ya no
volverían a ocupar sus escaños.
Pese a su crítica posición,
Mussolini conservó el poder merced al rey que no lo relevó del gobierno. A
partir de entonces su labor se concentró en silenciar cualquier tipo de
oposición.
En 1925 suprimió los partidos
políticos, los sindicatos y la libertad de prensa, mandó arrestar a los líderes
de izquierda (Ej. Gramsci). Centenares de miles de italianos hubieron de
exiliarse. Nacía el Estado totalitario controlado por un líder fuerte e
indiscutido.
El Estado fascista italiano
El asesinato del diputado
socialista Matteotti en verano de 1924 conmocionó Italia y provocó una oleada
de indignación que se extendió por el mundo político, periodístico y
diplomático. Sin embargo, una vez superado el bache el fascismo se repuso y
aceleró la implantación del Estado totalitario, que en 1925 se encontraba ya
plenamente conformado.
Los campos de actuación del
Estado fascista fueron los siguientes:
La acción del Estado fascista en
el campo político
El régimen fascista abolió los
derechos políticos y los sustituyó por una estructura de carácter corporativo
que subordinaba la esencia y la iniciativa individuales al interés nacional.
Todo quedaba sujeto al Estado: como Mussolini expresó: "Todo en el Estado,
nada fuera del Estado, nada contra el Estado". B. Mussolini. El Estado fascista.
En 1925 una ley le otorgaba
plenos poderes. Sometió a control al partido único desprendiéndose de los
elementos que menos confianza le inspiraban. El Partido Fascista quedó relegado
a mero instrumento propagandístico, útil para encuadrar a un creciente número
de militantes. Las funciones que teóricamente le correspondían fueron asumidas
por el Gran Consejo Fascista, en estrecho contacto con el Duce, quien recurrió
para ejercer su gobierno al uso de decretos ley. Texto. Plenos poderes para
Mussolini. Ley del 24 de diciembre de
1925. Los partidos políticos fueron suprimidos -salvo el Nacional Fascista-
mediante la Ley de Defensa del Estado. La oposición fue eliminada, los intelectuales
silenciados. Se creó un Tribunal especial para juzgar los casos relacionados
con los delitos políticos al tiempo que se instituía una policía, la OVRA
("Organizzacione di Vigilanza e Repressione dell'Antifascismo"),
creada en 1926 y especializada en la persecución de la disidencia.
La política exterior de Mussolini
se encaminó en dos direcciones: por un lado, al restablecimiento de relaciones
con la Santa Sede, por otro, a ofrecer una imagen internacional de Italia como
gran potencia militar y colonial.
En 1929, mediante los Pactos de
Letrán, Mussolini normalizó sus relaciones con la Iglesia católica, muy tensas
desde que en 1870, ocho años más tarde de la unificación italiana, el ejército
italiano ocupara Roma.
Desde entonces los papas se habían
considerado prisioneros dentro del Vaticano. Mediante ese concordato (signado
por el Rey de Italia, a instancias de Mussolini y el papa Pío XI) Italia
reconocía la soberanía del Estado del Vaticano y, a cambio, se reconocía la
religión católica como la oficial del Estado.
Desde la derrota de Adua en 1896
Italia aspiraba a incluir entre sus posesiones coloniales el territorio de
Abisinia. En 1935 la conquistó. Con este territorio y los de Eritrea y parte de
Somalia fundó la colonia del África Oriental Italiana. Texto. Conquista de
Etiopía. Discurso de Mussolini del 5
mayo de 1936
El apoyo que recibió de Hitler
ante estas acciones imperialistas acercó a Mussolini a las posturas alemanas,
olvidándose del recelo que el nazismo le había suscitado, fundamentalmente,
debido a las pretensiones hitlerianas de anexionarse Austria.
Imperialismo
En 1939 Mussolini conquistó
Albania, en tanto que Hitler hizo lo propio con los territorios checoslovacos
de Bohemia y Moravia (Sudetes).
La guerra civil española
(1936-1939) ofreció al fascismo italiano la oportunidad de intervenir en un
conflicto internacional, intentando exportar la imagen de gran potencia. Junto
a Alemania, ayudó a los sublevados contra la II República capitaneados por el
general Franco.
Mussolini mantuvo un trato de
privilegio con la Alemania hitleriana. En 1937 firmó con ella y Japón una
alianza militar, el Eje, que nunca llegó a ser plenamente operativa. Al
comienzo de la II Guerra Mundial Italia se mantuvo neutral hasta 1940.
Adolf Hitler y Benito Mussolini
Ese año declaró la guerra a
Francia -ya derrotada por los alemanes- y a Gran Bretaña, que en esos momentos
atravesaba por serios apuros militares en su lucha con Alemania.
La acción del Estado fascista en
el campo económico
La Carta del Trabajo de 1927
plasmó el corporativismo económico del Estado fascista. Las empresas privadas
quedaron bajo su supervisión, y se desarrolló una “tercera vía” capitalista
frente al liberalismo (defensor de la iniciativa privada) y el socialismo
(propietario de los medios de producción).
No obstante, las grandes corporaciones industriales gozaron de mayor
libertad de acción que las medianas o pequeñas y, en gran medida, escaparon al
intervencionismo estatal.
La política económica subordinaba
la iniciativa privada al interés general pero, en realidad, favoreció a la gran
patronal y a los terratenientes. Potenció el crecimiento económico en torno a
la industria pesada y las grandes empresas.
Autarquía
En el campo agrario se fomentó la
autosuficiencia del país mediante la autarquía, para lo que se hizo necesario
incrementar la producción y disminuir la dependencia del exterior. Se
desarrollaron campañas cuya denominación evocaba el lenguaje bélico: así
nacieron la “batalla del trigo”, la “batalla de la lira” o la “batalla de los
nacimientos”, ésta última encaminada a impulsar el crecimiento de la población.
Entre las prioridades económicas
del régimen destacó la búsqueda del auto abastecimiento agrícola ("batalla
del trigo", 1925).
Mecanización del agro
Se pusieron en cultivo tierras
baldías, se sustituyeron cultivos tradicionales por otros nuevos, se fomentaron
los cultivos cerealistas de carácter extensivo, se desecaron charcas y
marismas, se construyeron embalses en las zonas de déficit hídrico y se
levantaron poblados para albergar a los nuevos colonos.
Aunque el régimen se valió de
fuertes campañas propagandísticas para difundir sus logros, los resultados
finales no pasaron de mediocres; entre otras razones, porque la mayor parte de
las inversiones se centraron en las zonas cercanas a la capital, en algunas
regiones como la llanura del Po y las áreas litorales del Adriático y Tirreno,
en detrimento de otras periféricas.
Con la “batalla de la lira” el
régimen se propuso dotar a la moneda italiana de prestigio internacional,
asignándole un alto valor de cambio.
Sin embargo, los efectos
resultaron en buena medida contraproducentes, ya que los productos italianos
perdieron competitividad frente a los extranjeros y las exportaciones
disminuyeron, privando al país de una importante fuente de divisas.
Ante la Crisis de 1929, el Estado
incrementó el control sobre la economía, intensificando la autarquía y creando
organismos como el IRI (Instituto para la Reconstrucción Industrial, 1933).
Éste aglutinaba empresas pertenecientes a sectores estratégicos como las
comunicaciones o la siderurgia (indispensable para la industria de armamentos).
Autarquía
La modernización del transporte
fue uno de las acciones económicas más importantes acometidas por Mussolini. En
la imagen cartel publicitario de automóvil. Ampliar imagen
Motorización
El régimen acometió una
importante labor de modernización de las infraestructuras de comunicación y
transporte, especialmente en lo relativo al ferrocarril y la red de carreteras,
construyéndose las primeras autopistas e impulsando la motorización.
La acción del Estado fascista en
el campo social
La Ley Rocco de 1926 suprimió los
partidos y organizaciones sindicales, a excepción de las de carácter fascista.
Se intentaba abolir de ese modo la lucha de clases y constituir una sociedad
donde reinase la armonía entre obreros y patronos.
Mussolini escenificando el
trabajo agrícola, en una imagen propagandística con la que se trataba de
incrementar la producción y trasladar una imagen de armonía social . Ampliar
imagen
Se prohibieron derechos laborales
elementales como el de huelga (1927). En 1932, los agentes económicos (patronos
y obreros) fueron encuadrados en 22 grandes corporaciones creadas según la
actividad económica (metalúrgicos, banca, transporte, etc), dando lugar a unos
“sindicatos verticales” sumamente burocratizados, que sustituyeron a los de
clase.
Se instituyó una asistencia
social que incorporó ciertas medidas populares como el salario mínimo, la
congelación de alquileres, ayudas a las familias numerosas para fomentar la
natalidad, etc. En el ámbito laboral se creó una caja de seguros obligatorios
para hacer frente a la enfermedad, la invalidez y la vejez.
El asociacionismo, esencia del
fascismo, fue empleado como instrumento de control social. Se incentivaron las
organizaciones infantiles y juveniles. Éstas regularon el tiempo libre de sus
afiliados y se organizaron en torno a una estructura de carácter paramilitar
que enaltecía las virtudes nacionalistas y guerreras del pueblo italiano.
Así surgieron organizaciones como
la de los “balillas” y los “Grupos Universitarios Fascistas”.
El Estado fascista italiano.
Campo ideológico
El Estado totalitario fiscalizó
todas las facetas del pensamiento, la información y la expresión. Desplegó una
férrea vigilancia sobre la educación, a la que encomendó la misión del
adoctrinamiento político de niños y jóvenes.
La Reforma del ministro Giovanni
Gentile (1923) confirió a la educación un carácter tradicionalista y elitista.
Potenció la enseñanza de las humanidades y la religión, al tiempo que atribuyó
a la mujer un papel social alejado del ámbito laboral y de los puestos de
responsabilidad, relegándola al papel de madre y administradora del hogar.
Los medios de comunicación,
prensa, radio, publicaciones de toda clase, al igual que la cultura, fueron
puestos al servicio de los ideales fascistas.
Texto. El control de los medios de comunicación. Renzo De Felice. El fascismo, ¿Un
totalitarismo a la italiana?
Se controló a los intelectuales,
se persiguió a los díscolos (un ejemplo notable fue el del filósofo, pensador y
periodista Antonio Gramsci) y se crearon organismos como el de la Academia de
Italia, destinados a servir de “faro de las masas”.
Revista de arte
El arte fue consagrado como
instrumento de difusión del ideario fascista, si bien su campo expresivo gozó
de más libertad que en el nazismo alemán. Un caso paradigmático del “nuevo
arte” lo constituyó el “futurismo”, cuya principal figura, Marinetti, exaltó en
sus obras ideas gratas al régimen, como la novedad, la velocidad, la acción, el
nacionalismo y lo militar.
El cine sirvió para transmitir
una imagen sublimada del régimen y se hizo testigo de sus fastos: paradas
militares, inauguraciones, etc. La importancia que Mussolini otorgó a este
medio como arma propagandística se concretó en la fundación en 1937 de los
estudios de Cinecittà en Roma.
La formación y adoctrinamiento de
la juventud fue uno de los principales objetivos que se marcó el Estado,
distinguiendo entre las actividades dirigidas al sexo masculino o al femenino.
L'Opera Nazionale Dopolavoro se
creó en 1925 con la finalidad de organizar el tiempo libre de los italianos,
canalizándolo a través de la educación física, el deporte, la formación
artística o el turismo. Texto. El fascismo y la juventud. Indro Montanelli y M.
Cervi. La Italia victoria Fue un claro ejemplo de cómo el Estado totalitario
intentaba llegar a los más recónditos espacios de la vida de los italianos,
incluido el espacio familiar y personal. En la implantación de sus ideales el
Estado contó con la inestimable ayuda de la Iglesia Católica.
Ésta, tras los Pactos de Letrán
(que reciben su nombre del palacio romano donde se firmaron en 1929), alcanzó
el reconocimiento de la soberanía del estado del Vaticano y obtuvo importantes
ventajas en materia educativa como la implantación de la enseñanza obligatoria
de la materia de Religión en los niveles de Primaria y Secundaria.
También logró que el catolicismo
fuese considerado la religión oficial del Estado. Salvo puntuales críticas,
como la que realizó Pío XI en 1931, la Iglesia constituyó un sólido soporte del
régimen fascista.
Pese a la constante y sistemática
exaltación de nacionalismo, el fascismo italiano no desplegó las altas cotas de
xenofobia y racismo que alcanzó el régimen nazi en Alemania.
Su antisemitismo fue más
moderado, aunque se radicalizó a partir de 1938, en un intento de Mussolini por
converger con Hitler en el tratamiento del “asunto racial”.
Fuentes para analizar
El Duce Mussolini declara la guerra a Etiopía
¡Camisas negras de la revolución! ¡Hombres y mujeres de toda Italia!
¡Italianos, habitantes de todas las regiones del mundo, más allá de las
montañas y los océanos! ¡Escuchad!
Una hora solemne en la historia de la patria está a punto de sonar. Veinte
millones de italianos están en estos momentos reunidos en las plazas de Italia.
Es la más grande manifestación de toda la historia del género humano. Veinte
millones de italianos, pero un único corazón, una única voluntad, una sola
decisión. Esta manifestación demuestra que la identidad de Italia y el fascismo
es perfecta, absoluta e inalterable. Sólo cerebros reblandecidos en ilusiones
pueriles o aturdidos por la profunda de las ignorancias pueden pensar lo
contrario, porque ignoran lo que es la Italia fascista de 1935.
En la Sociedad de Naciones, en vez de reconocer el justo derecho de Italia, se
atreven a hablar de sanciones. (...) Hasta que no se demuestre lo contrario, me
niego a creer que el pueblo de Gran Bretaña, el verdadero, quiera verter su
sangre y empujar a Europa por la vía de la catástrofe, por defender a un país
africano, universalmente reconocido como bárbaro e indigno de figurar entre los
pueblos civilizados.
Sin embargo, no podemos fingir ignorar las eventualidades del mañana. A las
sanciones económicas, nosotros responderemos con nuestra disciplina, con
nuestra sobriedad, con nuestro espíritu de sacrificio.
Discurso de Mussolini difundido por radio el 2 de octubre de 1935
La doctrina del fascismo
Siendo antiindividualista, el sistema de vida fascista pone de
relieve la importancia del Estado y reconoce al individuo sólo en la medida en
que sus intereses coinciden con los del Estado. Se opone al liberalismo clásico
que surgió como reacción al absolutismo y agotó su función histórica cuando el
Estado se convirtió en la expresión de la conciencia y la voluntad del pueblo.
El liberalismo negó al Estado en nombre del individuo; el fascismo reafirma los
derechos del Estado como la expresión de la verdadera esencia de lo individual.
La concepción fascista del Estado lo abarca todo; fuera de él no pueden
existir, y menos aún valer, valores humanos y espirituales. Entendido de esta
manera, el fascismo es totalitarismo, y el Estado fascista, como síntesis y
unidad que incluye todos los valores, interpreta, desarrolla y otorga poder
adicional a la vida entera de un pueblo (...).
El fascismo, en suma, no es sólo un legislador y fundador de instituciones,
sino un educador y un promotor de la vida espiritual. No intenta meramente
remodelar las formas de vida, sino también su contenido, su carácter y su fe.
Para lograr ese propósito impone la disciplina y hace uso de su autoridad,
impregnando la mente y rigiendo con imperio indiscutible (...).
Benito Mussolini. La doctrina del fascismo, 1932
La doctrina del fascismo (2)
El fascismo niega que el número, por el solo hecho de ser número
pueda dirigir las sociedades humanas, niega que este número pueda gobernar
gracias a una consulta periódica. Afirma la desigualdad indeleble, fecunda y
bienhechora de los hombres, que no es posible nivelar gracias a un hecho
mecánico y exterior como el sufragio universal. Se puede definir a los
regímenes democráticos como aquellos que dan al pueblo, de tiempo en tiempo, la
ilusión de la soberanía (...). El fascismo rechaza de la democracia la absurda
mezcla convencional de igualdad política, el hábito de la irresponsabilidad
colectiva, el mito de la felicidad y del progreso indefinido. Pero si la
democracia puede entenderse de modo diferente, si ella significa no dejar al
pueblo al margen del Estado, el fascismo puede ser definido por el que escribe
estas líneas como una 'democracia organizada, centralizada y autoritaria.
(...).
Ni agrupaciones (partidos políticos, asociaciones, sindicatos) ni individuos
fuera del Estado. Por consiguiente, el fascismo es contrario al socialismo que
limita el movimiento histórico al punto de reducirlo a la lucha de clases y que
ignora la unidad del Estado que, de suyo, funde las clases en un sólo bloque
económico (...).”
Benito Mussolini. La doctrina del fascismo, 1932
El catecismo fascista
P ¿Cuál es el significado del nombre Duce?
R. Duce viene del latín dux que deriva de duco y significa «el que conduce».
P ¿Quién es el Duce?
R. El Duce, Benito Mussolini, es el creador del fascismo, el renovador de la
sociedad civil, el jefe del pueblo italiano, el fundador del imperio.
P ¿Por qué el Duce es el creador del Fascismo?
R. Porque fundó el Fascio de Combate y porque se debe a él la Revolución
Fascista y la doctrina del fascismo.
P ¿Qué quiere el Duce para el pueblo italiano?
R. Quiere mejorarlo moralmente y materialmente, garantizándole el máximo de
trabajo y bienesta1; y quiere que a través de la educación y la organización
política, sindical, deportiva y moral del fascismo, seamos siempre conscientes
de sus fines y su misión en el mundo.
P ¿Cuál es la diferencia entre el Duce y los jefes de gobierno
liberales y demócratas?
R. En el régimen liberal y democrático, el jefe del gobierno es el exponente de
los intereses de un partido y está sujeto al beneplácito del Parlamento, que
puede ocasionar su caída; por el contrario, el Duce representa, como jefe del
Gobierno, a la nación entera, que está a sus órdenes en la disciplina fascista
y en la de la Patria.
P ¿Cuáles son las atribuciones del Duce?
R. El Duce es presidente del Gran Consejo del Fascismo, jefe del Gobierno, jefe
del PNF, Primer Mariscal del Imperio, Comandante general de la Milicia
Voluntaria para la Seguridad Nacional.
P ¿Por qué el Duce es el fundador del Imperio?
R. Porque conduce y vence, contra una coalición de 52 Estados, la más grande
guerra colonial de la historia, guerra para aumentar el prestigio, la grandeza
y la vida de la Patria fascista. A través de esta guerra y la conquista de
Etiopía, Italia ha tenido su Imperio.
El catecismo fascista, Il primo libro del fascista. Roma PNF. 1938
El
Nazismo Alemán
La
llegada al poder de Hitler en 1933, a través de las urnas, arruinó la
experiencia democrática de Weimar y supuso la implantación de un Estado
totalitario basado en una dictadura personal. Las repercusiones a nivel
internacional fueron enormes. En los años treinta Alemania emprendió una
política de rearme en una estrategia agresiva y expansionista que condujo a la
Segunda Guerra Mundial. El nazismo no puede entenderse sin la figura de Adolf
Hitler (1889-1945), su máximo representante e ideólogo. Hijo de un funcionario
austríaco de aduanas, su verdadera pasión de juventud fue la pintura. Se
trasladó a Viena con el fin de ingresar en la Academia de Bellas Artes, pero
fue suspendido en el examen de ingreso.
Su
estancia en la capital del Imperio Austríaco transcurrió entre penurias
económicas. En 1913 la abandonó y se trasladó a la ciudad alemana de Munich.
Por aquel entonces ya tenía profundamente arraigados sus ideales.
La
I Guerra Mundial le sorprendió en Alemania en cuyo ejército se enroló como
voluntario. Por su arrojo obtuvo varias condecoraciones y fue herido en 1916.
La
derrota alemana le causó una profunda consternación y responsabilizó de ella a
los políticos socialistas, comunistas y judíos quienes, según él, habían
asestado desde la retaguardia una “puñalada por la espalda” al valeroso
ejército alemán. Consideró la firma del Tratado de Versalles como una
humillación inaceptable y se impuso la tarea de devolver a Alemania su papel de
potencia respetada y temida en el mundo.
Cartel
nazi de 1930. Representa a una espada que aniquila una serpiente con el símbolo de la estrella de
David en la cabeza. El cuerpo representa los males que aquejan a Alemania: Versalles, Locarno, bolchevismo, marxismo,
corrupción, etc.
Los
males de Alemania
En
1919 Hitler se afilió al pequeño Partido de los Trabajadores Alemanes. Un año
más tarde esta formación adoptó el nombre de Partido Nacionalsocialista de los
Trabajadores (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter-Partei), cuyas siglas
fueron NSDAP, más conocido por "Partido Nazi".
Se
trataba de un grupo de carácter radical que empleó como organización de choque
a las SA (Sturm Abteilung) o “sección de asalto”, cuya dirección fue
encomendada a E. Röhm. Éste junto a otros jerarcas como Goering, Strassner y
Rudolf Hess, constituyeron el primitivo núcleo organizativo del joven partido.
Los
orígenes del nazismo
En
1923 el Partido Nazi celebró su primer congreso, para entonces contaba con
aproximadamente 20.000 militantes. Ese mismo año tuvo lugar la invasión
franco-belga de la región alemana del Ruhr, en teoría para salvaguardar el pago
de determinadas partidas de reparación de guerra que Alemania había dejado de
cumplir.
El
nacionalismo alemán, exacerbado por el gobierno, desencadenó una oleada de
protestas y sabotajes contra los ocupantes. El Estado se comprometió a
indemnizar a los afectados por la invasión, recurriendo para ello la emisión de
abundante papel moneda, originando una HIPERINFLACIÓN que hundió la economía
alemana, empobreciendo a amplios sectores de la población, en un clima de
enorme malestar social.
Invasión
del Rhur
La
coyuntura fue aprovechada por Hitler para intentar conquistar el poder. El 8 de
noviembre de 1923 ensayó un golpe de Estado en Munich, capital de la región de
Baviera ("Putsch de Munich") con la intención de imponer al veterano
general Ludendorff como dictador y destruir la legalidad republicana.
El
9 de noviembre, una manifestación de varios miles de nazis que discurría por
las calles de Munich fue destruida por las fuerzas del orden, con lo que la
rebelión fue abortada. De haber triunfado, hubiese permitido a Hitler avanzar
sobre Berlín, tal y como Mussolini lo había hecho meses antes con su
"Marcha sobre Roma".
Sin
embargo, la intentona golpista fracasó y Hitler fue juzgado y condenado a 5
años de cárcel (de los cuales solo cumpliría 9 meses). No obstante, el juicio
fue aprovechado para prestigiar su figura que surgió ante los ojos de muchos
alemanes como la de un héroe defensor de la patria frente a los “corruptos
políticos republicanos”.
Fue
durante esa estancia en prisión cuando escribió el libro "Mein kampf"
(Mi lucha), publicado en 1925, donde expresaba los fundamentos de su ideología:
antisemitismo visceral, anticomunismo y antiliberalismo.
El
fracaso del Putsch de Munich llevó a Hitler a la convicción de que el poder
había de ser conquistado mediante la legalidad, es decir, a través de la vía
parlamentaria.
Nazismo.
La toma del poder
En
las elecciones de mayo de 1928 los nazis tan solo obtuvieron 12 escaños en el
Parlamento, en tanto que la izquierda alcanzaba un claro triunfo. Meses más
tarde se producía el crac de la Bolsa de Nueva York, de dramáticas
consecuencias para Alemania. La crisis económica y social dio oxígeno a los
nazis. Ambiente previo a la celebración del III Congreso del Partido Nazi.
Nuremberg, 1927.
En
las elecciones de 1930 el Partido Nacionalsocialista contabilizó 107 diputados
que representaban a casi 6,5 millones de votos (18% del electorado), lo que
significaba su primer gran éxito en las urnas. Frente a ellos, 4,5 millones de
votantes otorgaron su confianza a los comunistas que situaron 77 diputados en
el Parlamento. La polarización de la vida política alemana era ya un hecho.
Parada nazi celebrada en 1931
La
imposibilidad de formar un gobierno estable llevó a la celebración de otras
elecciones, esta vez en julio de 1932. Los resultados fueron aún más
alentadores para los nazis, pues el NSDASP consiguió 230 diputados, alcanzando
la mayoría (no absoluta) del Parlamento.
Ascenso
y toma del poder.
La
negativa del presidente Hindenburg a nombrar jefe de gobierno a Hitler, forzó a
una nueva convocatoria electoral. Esta vez los nazis obtuvieron 196 diputados y
el presidente de la República invistió canciller a Hitler y le encargó la
formación de un gobierno. El nuevo gabinete se configuró como una coalición de
partidos de centro-derecha, con el apoyo de las fuerzas armadas (Von Papen,
Hugenberg, Blomberg, etc). La razón de esa asociación radicó en que el Partido
Nazi carecía de mayoría suficiente para gobernar en solitario.
En
esta ocasión solo dos ministros, Frick (Interior) y Göring (Sin cartera) fueron
nazis, el resto pertenecía a otras formaciones políticas. Tras formar gobierno,
Hitler convocó nuevos comicios. Días antes de su celebración, el edificio del
Parlamento alemán, el Reichstag, fue objeto de un intencionado incendio que lo
destruyó (febrero de 1933).
Hitler
aprovechó la ocasión para responsabilizar del acto a los comunistas y
socialistas por lo que, mediante el Decreto para la protección del pueblo y el
Estado, promulgó una serie de medidas de excepción que liquidaron la libertad
de opinión, prensa y asociación, poniendo fuera de la ley a la mayor parte de
la oposición. En un ambiente de amenazas se celebraron los comicios en marzo de
1933. Éstos dieron la mayoría (44 %, 288 diputados) al NSDAP. Hitler, una vez
excluidos los comunistas, forzó al Parlamento a que le concediese poderes
especiales durante 4 años.
A
partir de ese momento, procedió a desmontar el régimen democrático de Weimar.
Fueron prohibidos los partidos políticos, quedando únicamente como legalmente
reconocido el Partido Nazi. Se limitaron los derechos de reunión y expresión,
la prensa fue censurada, se elaboraron listas de libros prohibidos, etc. Texto.
Las leyes del nuevo Estado nazi. Decreto-ley del presidente del Reich para la
protección de la nación y el Estado. De 28 de febrero de 1933
Se
creó la Gestapo, policía política destinada a controlar y eliminar a los
opositores. Parte de los intelectuales hubo de exiliarse del país y los
funcionarios considerados no afectos al nazismo fueron depurados. Texto. El
exilio de intelectuales y científicos. A. Einstein. Mis ideas y opiniones.
Marzo de 1933.
El
siguiente paso en la senda por el control absoluto del poder se dio con la
eliminación de las facciones revolucionarias existentes dentro del propio
Partido Nazi. La más importante, sin duda, la constituían las SA, grupo
paramilitar dirigido por Ernst Röhm, que esgrimía como principio la abolición
del capitalismo mediante una revolución. El proceso de integración del Partido
Nazi en las estructuras de poder tradicionales, encontró en esta organización
un estorbo, por lo que Hitler decidió destruir su poder mediante la eliminación
de sus líderes.
La
acción se llevó a cabo durante la denominada “noche de los cuchillos largos”
(30 de junio de 1934), en el transcurso de la cual fueron asesinadas más de 200
personas ligadas a las SA. Los grandes empresarios y la derecha más
reaccionaria se sintieron aliviados respecto a las intenciones de Hitler y
acercaron sus posturas a su política que, a partir de entonces, quedaba
desprovista de cualquier tipo de reivindicación subversiva o revolucionaria.
El
Estado nazi
El
nuevo parlamento emanado de las urnas en marzo de 1933 confirió a Hitler,
mediante decreto, plenos poderes durante cuatro años. Ello implicó la
aniquilación del sistema democrático y la actividad de los partidos. El nazismo
entre 1933 y 1935. Idioma: inglés
La
muerte del presidente Hindenburg, en agosto de 1934, selló el destino de la
República de Weimar, que fue reemplazada por una nueva estructura estatal, el
Tercer Reich (Tercer Imperio Alemán), significado por su totalitarismo y
supeditado a la dictadura personal de Adolf Hitler. Éste pasó a ostentar la
Jefatura del Estado -cargo vacante tras la muerte de Hindenburg- por medio de
un referéndum que le concedió un 88% de votos favorables.
La
acción del Tercer Reich se resolvió en los siguientes campos:
La
acción del Estado nazi en el campo político
La
acción política llevada cabo por Hitler se materializó en la creación de un
régimen totalitario, que eliminó del campo político y social cualquier rastro
de oposición. Se valió para ello, en un primer momento, del juego político
democrático complementado con el uso de la violencia; más tarde, de la fuerza
de una dictadura personalista, impuesta a través del empleo sistemático del
terror. La trascendencia de estos hechos sobrepasó el ámbito del Estado alemán
y afectó de forma significativa al terreno internacional, ya que la agresiva
política nazi contribuyó de forma clara a tensar las relaciones durante los
años 30 y a desencadenar una Segunda Guerra Mundial.
La
política internacional de Hitler se consagró desde sus inicios en censurar el Tratado
de Versalles. A raíz de su firma, un amplio sector del ejército y la derecha
acusó a los nuevos gobernantes de haber traicionado a Alemania, haciéndolos
responsables de lo que consideraban una paz vergonzosa realizada a espaldas del
pueblo. Texto. La guerra de 1914 y las ansias de revancha de Hitler. Mi
lucha.1924
Crítica
a la desmilitarización alemana
Desde
entonces denunciaron el Tratado y lucharon por revisarlo, especialmente, en lo
concerniente a las cesiones territoriales que Alemania se había visto obligada
a efectuar y a las cláusulas de desmilitarización de su territorio.
El
eje fundamental de sus relaciones con el exterior estuvo constituido por una
política expansionista y pangermanista (unión de todos los alemanes) que sirvió
de instrumento para llevar a la práctica la teoría del “espacio vital”,
necesaria para asegurar el desarrollo demográfico y económico de Alemania.
Anexión
de los Sudetes
En
octubre de 1934 Alemania abandonó la Sociedad de Naciones y la Conferencia de
Desarme, rompiendo así con el orden internacional instituido. Texto. Hitler
denuncia la acción de la Sociedad de Naciones. Su política se hizo cada vez más
agresiva, materializándose en un enérgico rearme cuya evidente motivación,
además de la económica, era la preparación para la guerra. Texto. Ideario de la
Sociedad de Naciones.
Referéndum
En
1935, tras un referéndum, celebrado en un ambiente de intimidación y violencia,
Alemania recuperó la zona del Sarre que permanecía controlada por la Sociedad
de Naciones desde el término de la Primera Gran Guerra. Este acto fue
acompañado de la reinstauración del servicio militar obligatorio, que había
sido expresamente prohibido en los tratados de paz de 1918.
En
1936, incumpliendo el Tratado de Locarno de 1925, el ejército alemán entró en
la zona desmilitarizada de Renania, rompiendo así con el espíritu conciliador
que dicho pacto había alcanzado. Texto. Palabras conciliadoras de Aristide Briand (político y primer ministro
francés) sobre el Tratado de Locarno. Mediante el llamado “Pacto Antikomintern”
Alemania estrechaba sus vínculos con Japón. Ambas potencias se comprometían a
perseguir y reprimir cualquier tipo de actividad relacionada con el comunismo
de la Tercera Internacional (Komintern). En realidad tras ese tratado se
fijaban las bases de una estrecha colaboración diplomática en momentos en que
ambos estados estaban necesitados de apoyos para llevar a cabo su política
agresiva, al margen del derecho internacional.
Las
potencias democráticas permanecieron impasibles ante iniciativas como esa. Por
contra, la Italia de Mussolini la apoyó.
Italia
y Alemania intervinieron decisivamente en la Guerra Civil Española (1936-1939)
respaldando al general Franco, rebelado contra el gobierno legítimo de la
Segunda República, bajo el pretexto de apoyarlo en su lucha contra el
bolchevismo internacional.
En
marzo de 1938 Austria era anexionada al Tercer Reich, concluyendo una de las
máximas aspiraciones de Hitler, el "Anschluss" o agrupación política
de todos los hermanos alemanes.
Más
tarde, en octubre del mismo año, invadió con el beneplácito de Francia, Reino
Unido e Italia, expresado en el Pacto de Munich, los 28.000 km2 por la que se
extendía la región de los Sudetes (Bohemia y Moravia), bajo la soberanía de
Checoslovaquia y donde residían unos tres millones de personas de ascendencia
alemana, deseosos de pertenecer al Reich.
En
marzo de 1939 invadió el resto de Checoslovaquia, fundando con sus territorios
un Protectorado dependiente del III Reich. Anexión de Checoslovaquia.
Finalmente, el 1 de septiembre de 1939, sin declaración previa de guerra,
invadió Polonia, provocando con ello el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
La
acción del Estado nazi en el campo económico
La
I Guerra Mundial supuso para Alemania un importante descalabro económico.
Durante la posguerra las dificultades se vieron agravadas por el desembolso de
fuertes sumas como reparación de guerra a los vencedores.
El
principal problema con que se enfrentó el Estado fue la hiperinflación. Ésta
afectó al tejido económico y golpeó a amplias capas de la sociedad,
especialmente a asalariados, funcionarios, pequeños ahorradores y pensionistas.
A
partir de 1924 la situación mejoró, pero unos años más tarde, el crac de 1929 y
sus repercusiones, hundió de nuevo la economía alemana.
La
principal secuela de la crisis, el desempleo, golpeó con especial virulencia a
las clases media y obrera que, en cierta medida, se arrojaron a los brazos del
nazismo. Hitler prometía incesantemente que resolvería los problemas de manera
rápida y eficaz cuando alcanzase el poder.
Texto. El apoyo de la clase obrera al nazismo. G.D. Cole. Historia del
pensamiento socialista. Socialismo y fascismo, 1931-1939
Cuando
eso sucedió puso en marcha una serie de medidas cuyo efecto se vio reforzado
por el cambio favorable en la coyuntura económica internacional: arbitró
créditos a las regiones que acometiesen obras públicas y crearan empleo,
incentivó el abandono del trabajo femenino en beneficio del masculino, impuso
un período de trabajo sin remuneración a los jóvenes con edad comprendida entre
los 18 y 25 años. Finalmente, reintrodujo el servicio militar obligatorio, lo
cual alivió la presión del desempleo en aquellos que lo cumplían. Repercusiones
de la militarización sobre el empleo
La
economía alemana bajo el nazismo estuvo condicionada por los intereses del
Estado. Pero, a diferencia de la URSS, se mantuvo el sistema capitalista y con
él la propiedad privada. Al igual que en el régimen fascista italiano las
grandes empresas ni la banca fueron nacionalizadas.
La
tierra permaneció en manos de los grandes terratenientes y las condiciones de
trabajo de los campesinos no mejoraron sensiblemente. Hitler hizo hincapié en
el desarrollo de la industria pesada y química, en manos de grandes grupos
industriales (Krupp, Vögler, Boch, Siemens, etc), preparados para hacer frente
al programa de rearme del ejército alemán, fundamental para garantizar una
política internacional agresiva y expansionista.
En
1936 se puso en marcha un Plan Cuatrienal, cuyo director, Goering, ponderaba la
militarización de Alemania con vistas a una futura guerra. Obviaba principios
esenciales del capitalismo como el coste y el beneficio empresarial, dando
prioridad a la consecución de la autarquía que permitiese el autoabastecimiento
de alimentos y materias primas durante el conflicto.
Esta
política acrecentó el poder de los magnates de la industria militar, que
conseguirían por medio de la guerra enormes beneficios, acrecentados por la
política de saqueo de territorios conquistados y el empleo de mano de obra
esclava o semiesclava en sus factorías.
El
principal cliente de la producción fue el Estado. Para financiarla el III Reich
recurrió a una política de endeudamiento que en 1938 ascendía a la astronómica
suma de 31.000 millones de marcos.
La
acción del Estado nazi en el campo social
El
nazismo mantuvo el capitalismo como sistema económico y social. Hitler se apoyó
en los grandes empresarios para ascender y consolidarse en el poder, en tanto
que sobre la clase obrera recayó la tarea de reconstruir la economía alemana,
maltrecha tras la Gran Guerra y la crisis de 1929. Texto. El apoyo del gran capital a Hitler. A.
Krupp. Declaración en el Proceso de Nuremberg. 1948. El apelativo “socialista”,
presente en las siglas del Partido Nazi, careció de un significado real y
constituyó una mera argucia dirigida a atraerse a un importante sector de la
sociedad. La estructura de la propiedad, especialmente la agraria, no sufrió
cambios respecto a épocas precedentes y los grandes terratenientes mantuvieron
su influencia, siendo uno de los puntales del régimen.
A
medida que el rearme alemán fue incrementándose se produjo una perfecta fusión
entre los jerarcas nazis y los empresarios relacionados con la industria
militar. El renacimiento económico alemán se realizó a costa de los bajos
salarios, un ritmo creciente de trabajo y la absoluta desarticulación
organizativa de los trabajadores: los sindicatos de clase y las asociaciones
políticas fueron prohibidos. La organización de las empresas se estableció
sobre la base de una profunda jerarquización que, a pesar del empeño que el
régimen puso por disimular mediante iniciativas de carácter propagandístico
como el acceso de todos los alemanes a la motorización, agudizó las diferencias
entre trabajadores y empresarios.
La
contrapartida fue la erradicación del desempleo, que sirvió a Hitler para
hacerse acreedor del favor de una buena parte de los obreros en paro. Éstos
prefirieron ocupar un puesto de trabajo en ausencia de democracia que la
libertad sin él.
La
sociedad sufrió un proceso de homogeneización que desembocó en la persecución y
eliminación de elementos izquierdistas, minorías raciales (gitanos o eslavos),
homosexuales, deficientes mentales y, de forma especial, judíos. Éstos últimos,
muy activos en la vida económica y social de Alemania fueron segregados del
resto de la población y les fueron impuestas leyes discriminatorias que
arruinaron su normal desarrollo político, social y económico.
En
sustitución de los sindicatos, suprimidos en mayo de 1933, se creó el Frente
Alemán del Trabajo, presidido por Robert Ley, que reunía en su seno tanto a
trabajadores como a empresarios y prescindía de la lucha entre clases esgrimida
por las organizaciones de inspiración marxista. Llegó a contar con 25 millones
de afiliados y gran influencia dentro del entramado estatal.
La
política social se llevó a la práctica mediante una intensa acción de tutelaje
sobre los trabajadores, que fue más allá incluso de su vida laboral. Para ello
fueron planificadas numerosas actividades culturales (cine, teatro, deportes,
viajes, etc), cuya misión era identificar a las masas con el régimen y
potenciar una falsa imagen de igualdad entre sus miembros y los de la clase
dominante.
La
acción del Estado nazi en el campo ideológico
Elemento
clave de la ideología nazi fue la cuestión racial.
Hitler
hablaba en su Mein Kampf de la existencia de razas superiores y razas
inferiores. El pueblo alemán pertenecía al primer grupo. Para evitar su
contaminación y conservar la pureza racial era menester proceder a una profunda
segregación. Especialmente peligrosa
estimaba que era la raza judía, a la que calificaba como degenerada y causante
de gran parte de los males de Alemania.
EL
ANTISEMITISMO (odio a los judíos) existía en Europa desde hacía siglos. Pero
los nazis lo elevaron a la máxima categoría.
Otro
ingrediente esencial de esa ideología era la cuestión del “espacio vital”.
Según esta teoría, Alemania necesitaba expandirse allende sus fronteras para
canalizar su crecimiento demográfico y potenciar su desarrollo económico.
Para
ello era preciso quebrantar las limitaciones impuestas por el Tratado de
Versalles y conquistar territorios, especialmente en el oriente europeo, a
costa de los pueblos eslavos, Polonia y el inmenso territorio soviético.
La
educación se utilizó como instrumento de adoctrinamiento en los ideales del
nazismo. Todos sus niveles se vieron sometidos a un riguroso control y los
profesionales de la enseñanza fueron depurados y encuadrados en una estructura
de carácter pseudomilitar. Los programas de estudios se desarrollaron bajo las
premisas de un profundo racismo. La cultura en general y el arte en particular,
experimentaron una profunda selección, siendo reprobado y perseguido el llamado
“arte degenerado” ("Entartete Kunst"). Bajo este epígrafe se
clasificaron las tendencias vanguardistas (cubismo, dadaísmo, fauvismo,
impresionismo, etc) y artistas como Picasso, Van Gogh, Munch, Kandinsky, Klee,
entre otros.
En
1937 se celebró una exposición en Munich cuyo objeto era recuperar lo que
Goebbels había calificado como “esencia del arte alemán”. En ella predominó el
estilo figurativo y géneros como los bodegones, los paisajes y la figura humana
a través de la cual se exaltaba el ideal de belleza y perfección de la raza
aria.
En
1933 fue instituida la Cámara de la Cultura del Reich, de la que pasaron a
depender siete organismos: cine, teatro, música, prensa, radio, literatura y
arte, y en la que debían inscribirse de forma obligatoria los profesionales que
desarrollaran alguna de esas actividades.
Los
libros y la prensa fueron estrechamente vigilados por medio de la censura,
prohibiéndose la publicación de aquellos ejemplares juzgados como depravados o
atentatorios contra el régimen.
Se
quemaron públicamente miles de volúmenes, como aconteció el 10 de mayo de 1933.
Numerosos escritores debieron huir (Thomas Mann, Bertolt Brecht, Stephan Zweig
y otros). La censura se extendió también a otras manifestaciones expresivas
como el cine o la radio.
El
régimen invirtió grandes esfuerzos en el control y adoctrinamiento de la
juventud. Ésta fue encuadrada en organizaciones, entre las que destacó la de
las "Juventudes Hitlerianas", a cuyos miembros les eran inculcados
los principios del nazismo. Se hizo énfasis en el cuidado físico y deportivo,
por ser considerados medios idóneos para el mantenimiento de una raza sana y
fuerte, base del futuro ejército alemán. Todas esas organizaciones fueron
sometidas a una rígida disciplina castrense. El papel de la mujer, aunque en
menor medida que en otros regímenes similares, se circunscribió a la esfera
doméstica y su función principal quedó reducida a la de engendrar y educar a
los hijos. Desde niños, hombres y mujeres eran separados y encuadrados en razón
a su sexo. Se ensalzó el papel de madre y se instituyó una festividad para
conmemorarlo, llegándose a conceder premios a la fertilidad a aquellas mujeres
que lograsen una mayor descendencia.
Determinadas
libertades que habían sido conquistadas por la mujer durante la República de
Weimar fueron suprimidas y sus puestos laborales ocupados por los varones. Solo
cuando durante la II Guerra mundial escaseó la mano de obra, se acudió de nuevo
a las mujeres como sustitutas de los varones. Junto con el terror, la
propaganda fue empleada como forma de imponer las ideas.
Se
generalizó la celebración de imponentes concentraciones de masas, presididas
por Hitler y los máximos dirigentes del partido donde, en un ambiente de
enardecido patriotismo donde se enarbolaban los símbolos nazis (estandartes y
banderas con la esvástica, saludos marciales, etc).
Se
construyeron escenarios permanentes para este tipo de manifestaciones, como el
diseñado por Albert Speer -el más prestigioso arquitecto del régimen- en
Nuremberg, que contaba con estadio, sala de congresos y amplias avenidas para
el desarrollo de desfiles.
La
arquitectura se empleó como instrumento de enaltecimiento del régimen.
Surgieron fastuosos proyectos, como el de Germania, diseñado por Speer, una
ciudad dotada de formidables edificios y avenidas, destinada a ser la nueva
capital del mundo.
La
Segunda Guerra Mundial truncó la realización de dicho sueño.
En
el centro de todos esos fastos se situaba la figura del Führer. Incluso los
Congresos del Partido, desprovistos de un verdadero carácter deliberativo, se
convocaban para exaltar su figura. Se alteró el calendario laboral y se
instituyeron nuevas festividades como la que conmemoraba el cumpleaños de
Hitler.
Su
imagen se representó hasta la saciedad en las más diversos escenarios y
actitudes: militar, político, familiar, paternal, etc. Figura insustituible en
la organización del aparato propagandístico del régimen fue Joseph Goebbels.
Mediante inflamados discursos radiofónicos y artículos de prensa, cargados de
antisemitismo y xenofobia, encandiló a las masas.
Durante
la II Guerra Mundial sus alocuciones se esforzaron en sostener la moral del
pueblo alemán alentándolo a una heroica resistencia, cuando ya era inevitable
la derrota del Tercer Reich. El obispo Muller en 1933 entre miembros de las SA,
saludando. Ampliar imagen
Respecto
a las relaciones con la Iglesia, los nazis intentaron controlar las dos
confesiones más importantes de Alemania, la Evangélica (mayoritaria) y la
Católica. Con la Santa Sede firmó un acuerdo en julio de 1933 que regulaba las
relaciones entre ambas instituciones y contribuyó a incrementar el prestigio
internacional del régimen.
A
la postre, sin embargo, esas relaciones se enfriaron, ya que una parte del
clero recelaba del control que Hitler ejercía sobre el Estado y los métodos que
utilizaba para perpetuarse en el poder.
El
antisemitismo nazi
El
antisemitismo es la ideología que preconiza el odio u aversión a las creencias
y cultura de los judíos. El antisemitismo no es un fenómeno contemporáneo, de
hecho, la aparición del cristianismo, nacido del judaísmo, supuso el inicio de
la persecución de los judíos.
En
el Medievo fueron frecuentes los casos de acoso a la religión y las costumbres
judaicas en los estados cristianos y, en menor medida, en los musulmanes.
Piénsese, por ejemplo, en la expulsión que los judíos no convertidos sufrieron
en 1492 en España durante el reinado de los Reyes Católicos y en las
persecuciones de que fueron objeto los conversos. Episodios similares
acontecieron, en mayor o menor grado, en otros estados.
El
nazismo, despojado de motivaciones religiosas, confirió al antisemitismo un
carácter racista y nacionalista, ejerciéndolo con una violencia e intensidad
que hizo palidecer las prácticas antijudías de otros tiempos y de los estados
de su entorno. Los judíos alemanes fueron hostigados de forma gradual: en
primer lugar entorpeciendo sus actividades económicas laborales y
desacreditándolos socialmente. Más tarde, se legisló contra ellos. Mediante las
denominadas "Leyes de Nuremberg" (septiembre de 1935) se retiró la
nacionalidad alemana a los judíos, se prohibieron los matrimonios mixtos entre
judíos y alemanes y se les denegó el ejercicio de cualquier profesión que
tuviese relación con la función pública (docencia, ejército, funcionariado en
general). Texto. Leyes de Nuremberg. 1935
Los
comercios e industrias cuyos propietarios eran judíos fueron boicoteados y
paulatinamente sufrieron el proceso de "arianización", es decir,
pasaron a propietarios no judíos mediante la compra por precios irrisorios. Los
empleados judíos de dichos negocios fueron despedidos y sustituidos por otros
de "raza aria".
Posteriormente,
en 1941, fueron obligados a lucir en la ropa una estrella de David para
permitir su identificación en público. El episodio que marcó el punto de
inflexión en la persecución de los judíos tuvo lugar durante la noche del 9 de
noviembre de 1938, la denominada “noche de los cristales rotos”, durante la
cual barrios, sinagogas y locales propiedad de judíos fueron destruidos y
centenares de ellos asesinados. La actitud del pueblo alemán frente a esos
desmanes fue de de pasividad y tolerancia, siendo muy pocos los que
abiertamente se opusieron a ellos.
La
II Guerra Mundial agudizó la política antisemita nazi. Los judíos hubieron de
abandonar sus hogares y fueron recluidos en guetos y campos de concentración. Y
no solo los de nacionalidad alemana, sino también aquellos que pertenecían a
los países conquistados por la Wehrmacht (Ejército alemán) o que caían bajo la
órbita nazi.
El
gueto más importante fue el de Varsovia, donde fueron recluidos cientos de miles
de personas condenadas a vivir hacinadas y mal alimentadas. En abril de 1943
los judíos de dicho gueto se sublevaron ante la masiva política de
deportaciones a campos de concentración que realizaban los nazis.
Junto
a los guetos, los judíos fueron recluidos en campos de concentración cercados
por muros, alambradas y vigilados desde torretas. En la década de los treinta
se construyeron algunos, como los de Buchenwald o Dachau, pero durante la
Segunda Guerra Mundial se incrementó su número y capacidad.
Allí
fueron internados los disidentes del régimen, soldados enemigos, homosexuales,
gitanos y, por supuesto, judíos. Los prisioneros eran sometidos a trabajos
forzados, hasta la extenuación, en la fabricación de componentes militares para
el ejército alemán y otros menesteres; cuando se veían imposibilitados para
hacer frente al ritmo de trabajo, eran eliminados.
Con
la puesta en práctica de la “solución final”, es decir, la eliminación
sistemática de todos los judíos bajo jurisdicción alemana, se crearon campos
especiales, dotados de instalaciones capacitadas para hacer frente al
exterminio masivo de personas.
Auschwitz-Birkenau
y Lublin-Majdanek poseían cámaras de gases venenosos para las ejecuciones y
hornos crematorios para eliminar los cuerpos.
Las
condiciones de vida en esos campos eran infrahumanas y el trato que los
prisioneros recibían a manos de sus guardianes, normalmente miembros de las SS
(Schutz-Staffel), brutal. Muchos fueron sometidos a experimentos médicos, otros
castigados cruelmente. Se calcula que unos 4 millones de prisioneros, en su
mayor parte judíos, murieron en los campos nazis.
Documental
soviético presentado por los soviéticos en el Juicio de Nuremberg como
acusación de las atrocidades cometidas por los nazis en los campos de exterminio.
Se centra fundamentalmente en e Auschwitz. Audio: ruso y alemán. Subtítulos en
italiano
Al
final de la contienda, el "holocausto", es decir, la gran matanza de
judíos, había llegado a superar los 6 millones. Los que sobrevivieron lo
hicieron en tremendas condiciones y la experiencia les marcó durante el resto
de sus vidas. Muchos de ellos no volvieron jamás a sus hogares y optaron por
emigrar, fundamentalmente, a Palestina, donde en 1948 se creó un estado judío,
el actual Estado de Israel.
EL NAZISMO EN EL
CINE: EL TRIUNFO DE LA
VOLUNTAD
Las similitudes
existentes entre el cine nazi y el cine soviético son lógicas, teniendo en
cuenta que en ambos casos se trató de un cine fuertemente dominado por el
aparato estatal, sujeto a un férreo control burocrático por parte de sus
respectivos partidos y que, a la postre, no dejaban de ser producto de dos
países dominados por un sistema político totalitario y basados en el culto a la
personalidad de sus líderes supremos.
Hoy en día es algo
comprobado por parte de los historiadores del cine que una parte del cine nazi
tomó como referencia los grandes modelos del cine soviético. De este cine, los
nazis tomaron el gusto por el montaje rítmico, el tono retórico de los planos, con
contrapicados, enfáticos ángulos de cámara, la afición por los primeros planos
muy ceñidos de rostros o la representación de planos del cielo dotándolos de
gran contenido dramático gracias al uso de filtros fotográficos.
A veces la influencia
se deja notar por contraste, pero aún así es evidente: las masas desbordadas y
hormigueantes que aparecen en Octubre (Oktyabr, Sergei Eisenstein,
1927) obtienen su reflejo antitético en los desfiles y paradas de masas
organizadas rígidamente en El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935) y Olimpiada (Olympia, 1936) de Leni Riefenstahl.
Como señala Román
Gubern, estas similitudes han originado aproximaciones críticas entre dos
obras, en principio tan aparentemente antagónicas como El acorazado Potemkin y El
triunfo de la voluntad.
La propia Leni se
defendió de este paralelismo alegando que no se podían comparar ambas obras al
tratarse la primera de una película de puesta en escena, un “film orientado” y,
la suya, un documental. Ella siempre se defendió de las acusaciones de
propagandista nazi diciendo que se había limitado a ser una mera
“documentalista”, a filmar lo que ocurrió durante el Congreso nazi de 1935
celebrado en Nuremberg. Sin embargo dichas afirmaciones, como veremos a
continuación, son sólo verdades a medias.
Respecto a tales afirmaciones
hay que decir que si El
triunfo de la voluntad es
un documental, la organización del Congreso que documenta obedeció a una
colosal puesta en escena, teniendo siempre en cuenta la presencia y
localización de las treinta cámaras que lo iban a filmar. Por esa razón se
puede decir que tanto El
triunfo de la voluntad como
Olimpia, la película posterior de Leni sobre los Juegos Olímpicos
de Berlín, inauguran un género nuevo, mezcla del documental y del cine
propagandístico para las cámaras.
El triunfo de la voluntad no se limita a filmar
lo que ocurrió de forma átona y neutra sino que hace uso de todos los medios de
que dispone el cine para manipular la realidad: se rodaron tomas adicionales en
estudio, se trastocó la cronología de los hechos en beneficio del discurso
político de la película, se utilizó el montaje y la fotografía con una clara
intencionalidad. Si Leni filmó el Congreso, se puede decir que luego lo
reconstruyó en su estudio gracias al montaje y la moviola y todo ello en
función de su clara intencionalidad propagandística.
A continuación,
veremos brevemente algunos ejemplos destacados por Román Gubern de ese uso
propagandístico del montaje cinematográfico de El triunfo de la voluntad puestos al servicio de la ideología
nazi:
- La película se inicia con las imágenes
del águila imperial y la cruz gamada.
- A continuación la película sigue con
unas tomas aéreas del avión de Hitler que, además de remitir al famoso eslogan
utilizado por Hitler en su campaña electoral “Hitler sobre Alemania”
sirven para asimilar a Hitler con un enviado celestial, metáfora que es
subrayada con la imagen de Nuremberg abriéndose entre la bruma ante la llegada
del líder nazi.
- En el trayecto de Hitler desde el
aeropuerto a su hotel mientras desfila entre las masas, Hitler es fotografiado
a veces de pie en el automóvil contra el sol, para que su perfil aparezca
rodeado por una aureola luminosa. Del mismo modo, en un momento, al realizar el
saludo nazi la luz del sol se refleja en la palma de la mano como si Hitler
fuera el depositario de una energía divina.
- El tema del fuego aparece
repetidamente a lo largo de la película (en los conciertos nocturnos, la
consagración de las banderas, etc.) con una gran carga simbólica, pues se
trataba de una imagen de poder, regeneración y vida además de un símbolo de
germanidad.
- La visualización y el sonido de los
tambores y trompetas remite a las legiones del imperio Romano.
- El homenaje a los caídos de la I
Guerra Mundial es escenografiado casi como si de una ceremonia religiosa se
tratase, con Hitler, Lutzer y Himmler avanzando en formación triangular (con
Hitler en el vértice, huelga decirlo), convirtiéndoles en una especie de
sacerdotes paganos y siendo rodada desde un emplazamiento elevado como si
fueran contemplados por una divinidad celeste que bendijera el rito.
- El führer es siempre fotografiado en
contrapicados que le magnifican y, frecuentemente, contra el cielo o las nubes.
En fin, podríamos
seguir con muchos más ejemplos, pero el sentido de la película ya parece
evidente con éstos que acabamos de mencionar. Todos los elementos estéticos y
todo el montaje y la fotografía de la película no son fruto del azar sino algo
plenamente calculado, y tienen como eje central el tema del culto a la
personalidad del führer.
Todo esto no hace
sino ratificar la importancia de que el historiador que quiera utilizar el cine
como fuente histórica conozca perfectamente los fundamentos técnicos del mismo.
Sólo así puede analizarse una película como ésta, esta “obra maestra del mal”
en palabras de Román Gubern y descubrir a la vez que advertir del peligroso y
aterrador mensaje que contienen sus fascinadoras imágenes.