miércoles, 12 de noviembre de 2014

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y EL HOLOCAUSTO

V. LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y EL HOLOCAUSTO
Introducción
A mediados de la década de 1920 se abrió un período de distensión en las relaciones entre las principales potencias. Después del tratado de Locarno, de 1925, pareció posible que las ambiciones y los intereses encontrados de los principales Estados europeos fuesen manejados a través de la negociación. Pero en los años treinta, la fragilidad de la distensión se hizo cada vez más evidente. A mediados de 1932, el físico Albert Einstein y el psicólogo Sigmund Freud intercambiaron por carta ideas sobre una preocupación compartida: “¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?”.
Los dos primeros países en cuestionar Versalles fueron Japón, con su avance sobre China, y poco después Alemania. Desde su ingreso al gobierno en 1933, Hitler tomó una serie de medidas que revelaban la intención de que Alemania recuperase su posición como potencia europea, a costa de revisar las restricciones militares y la remodelación de las fronteras impuestas por los vencedores de la Primera Guerra Mundial.
 Sin demasiada convicción, las democracias europeas y el comunismo tantearon la posibilidad de unirse, pero el frente antifascista no llegó a concretarse antes de que estallase la guerra. Al ponerse en marcha el expansionismo nazi, Gran Bretaña y Francia intentaron “apaciguar” a Hitler. Por su parte, el gobierno de Stalin firmó un tratado de no agresión con el régimen nazi que habilitaba a Moscú a ocupar el este de Polonia. Recién en 1941, dos años después de que hubieran comenzado las batallas, los tres principales regímenes se alinearon definidamente en dos campos: por un lado, el Eje nazi-fascista, y por otro el antifascista, con las democracias occidentales aliadas al comunismo.
 La segunda de las guerras mundiales tuvo varias dimensiones, que exceden lo militar: fue una guerra entre dos tipos de Estados capitalistas –los democráticos y los nazifascistas– y una guerra entre dos regímenes: el nazi y el comunista, que compartían el antiliberalismo y un decidido autoritarismo, pero eran resultado de dos ideologías y de dos proyectos sociopolíticos opuestos. En Europa, la Segunda Guerra Mundial incluyó la lucha de movimientos de resistencia nacional contra la ocupación nazi, y en este sentido fue, en gran medida, una guerra civil europea. Charles de Gaulle, por ejemplo, en nombre de la restauración de la “verdadera Francia”, enfrentó a los nazis, pero también al gobierno francés cómplice de los invasores.
Hacia la guerra
Desde los inicios de su actividad política Hitler había expresado su repudio al tratado de Versalles y la convicción de que Alemania debía romper con los acuerdos impuestos a través de la “traición” de la República de Weimar. No obstante, antes de que el jefe nazi ingresara al gobierno una serie de hechos evidenciaron que el clima de distensión se había enrarecido. En la Conferencia Internacional de Desarme inaugurada en febrero de 1932 las posiciones encontradas impidieron organizar el debate. El gobierno conservador alemán exigió que sus derechos y restricciones en el campo de los armamentos fuesen equiparados con los de las demás potencias, y ante las dilaciones sobre este reclamo se retiró momentáneamente del foro.
También la crisis económica intensificó la tensión internacional. La mayor parte de los países, buscando proteger a sus productores, optaron por medidas unilaterales. La Conferencia Económica Internacional reunida en Londres en julio de 1933 fracasó debido a las resistencias para adoptar reglas compartidas. Casi todos los gobiernos respondieron a la crisis con la desvalorización de la moneda y barreras proteccionistas, medidas que acentuaron la caída de los intercambios internacionales.
Francia e Inglaterra incrementaron los vínculos con sus posesiones coloniales. Japón, Italia y Alemania, que carecían de este recurso, se inclinaron hacia la autarquía –una opción viable solo para el corto plazo– y promovieron la expansión territorial a través de la fuerza. Esta política combinaba razones económicas con un ideario nacionalista (y racista en el caso nazi) que promovía la grandeza nacional vía el sometimiento armado de otros países. Aunque los tres coincidieron en desmantelar el sistema de Versalles, en un principio cada Estado nacional persiguió objetivos propios, y estuvieron lejos de conformar un bloque con objetivos y vías de acción ampliamente compartidas. Las divergencias iniciales fueron evidentes en el caso de las relaciones entre Roma y Berlín.
Cuando Mussolini encabezó el gobierno italiano fue visualizado como el hombre capaz de restaurar el orden en su país, y hasta mediados de los años treinta fue un interlocutor confiable que acompañó decididamente a Francia y Gran Bretaña en la preservación del mapa europeo dibujado al finalizar la Primera Guerra Mundial. A fines de julio de 1934, el líder fascista envió tropas a la frontera ítalo-austríaca para frenar el golpe alentado por los nazis más radicales, y posibilitó la permanencia de los conservadores austríacos en el gobierno. Esta decisión se correspondía con los intereses de grupos económicos italianos interesados en ejercer su predominio sobre los Balcanes. En abril del año siguiente, después de que Hitler cuestionara Versalles al anunciar el restablecimiento del servicio militar obligatorio en Alemania, Mussolini firmó un acuerdo con el ministro de Asuntos Exteriores francés, Pierre Laval, y el primer ministro británico, el laborista Ramsay MacDonald –el llamado frente de Stresa, nombre de la ciudad italiana en la que se reunieron– que reafirmaba la independencia de Austria y la obligación de Alemania de respetar el tratado de Versalles. Sin embargo, la invasión de Etiopía en octubre de 1935 por el ejército italiano dio lugar a la decidida unidad de acción entre Roma y Berlín, sostenida básicamente en la afinidad política e ideológica entre fascismo y nazismo.
El fascismo italiano se lanzó a la conquista en el norte de África con el doble propósito de incorporar nuevos mercados y de vincular su política exterior con la grandeza del antiguo Imperio romano. Con esta agresión, el frente de Stresa se derrumbóEl emperador etíope Haile Selassie solicitó el respaldo de la Sociedad de Naciones, como país miembro de dicha organización mundial, y Francia –junto con Gran Bretaña– aprobaron la aplicación de sanciones económicas, poco efectivas, al gobierno de Mussolini. Hitler, en cambio, respaldó la acción del Duce. El vínculo entre ambos jefes políticos se consolidó con la intervención conjunta en la guerra civil española para apoyar al general Franco, y con la proclamación, en noviembre de 1936, del Eje Berlín-Roma A fines de 1937, Italia, como en 1933 lo hiciera Alemania, abandonó la Sociedad de Naciones.
Las primeras crisis provocadas por el quebrantamiento del statu quo por parte de Hitler fueron cortas e incruentas. Estos éxitos fortalecieron el mito del Führer.
En Asia, con la ocupación de Manchuria en septiembre de 1931 como reacción al “incidente de Mukden” –la explosión en septiembre de 1931 de un ferrocarril con tropas  japonesas–, el Imperio japonés dio el primer paso en la escalada que conduciría a la guerra, sin que la Sociedad de Naciones ejerciera algún tipo de freno efectivo frente al invasor. Japón, un país superpoblado y con escasas materias primas, había sufrido especialmente la contracción del comercio mundial. El giro a favor del rearme ayudó a la recuperación económica experimentada desde 1932, luego de tres años de una profunda recesión derivada de la crisis mundial de 1929. El ingreso en Manchuria fue una decisión unilateral de los efectivos militares de Kuantung. Las órdenes del gobierno destinadas a detener la intervención fueron ignoradas. Pocos meses después, en mayo de 1932, el primer ministro, que intentó frenar al ejército, fue asesinado por jóvenes ultranacionalistas. En adelante, el emperador nombró gobiernos presididos por personas de su confianza que no procedían de la dirigencia política, pero gozaban de autoridad y prestigio en las fuerzas armadas. Tokio impuso en Manchuria un gobierno títere encabezado por Pu-Yi, el emperador chino destronado con la instalación de la República. El gobierno japonés estaba decidido a dominar el Pacífico, y en marzo de 1933 abandonó la Sociedad de Naciones.
En el plano interno, la existencia de partidos débiles, de gobiernos no parlamentarios y el deterioro institucional se combinaron con luchas facciosas en el interior del propio ejército. El episodio más evidente de esta situación tuvo lugar el 20 de febrero de 1936. Al día siguiente de las elecciones generales en las que el partido Minseito resultó ganador, un importante número de jóvenes oficiales identificados con la fracción ultranacionalista, Escuela de la Vía Imperial (Kodo-ha), se embarcó en un golpe de Estado, y asesinaron a ex jefes del gobierno y otras conocidas figuras. El levantamiento no prosperó y el emperador dispuso que los dirigentes sediciosos fueran ejecutados. La fracasada acción de fuerza no afectó el prestigio del ejército como institución, pero dio lugar a la consolidación de la fracción rival, la Escuela del Control (Tosei-ha). Sus integrantes, militares nacionalistas y decididamente favorables a la expansión territorial de Japón, se mantuvieron al margen del proyecto golpista. A mediados del año siguiente, los incidentes que se produjeron en las afueras de Pekín entre tropas chinas y japonesas que contra todo derecho se desplazaban por la zona, dieron inicio a la guerra chino-japonesa que se prolongó en la Segunda Guerra Mundial.
El autoritarismo en Japón no estuvo asociado al fortalecimiento de partidos de derecha que combinaran la violencia, las elecciones y la movilización de amplios sectores de la sociedad, como ocurrió en Italia y en Alemania. Japón era un país con menor juego democrático, y además no se dio allí un partido de masas con sus propias fuerzas paramilitares que tomara el control del aparato estatal. En este país fue el ejército quien se hizo cargo del gobierno y puso en marcha la acción bélica con fines expansionistas.
 HIDEKI TŌJŌ (1884-1948)
HIJO DE UN OFICIAL DEL EJÉRCITO, ESTUDIÓ EN LA ACADEMIA MILITAR IMPERIAL Y FUE PROMOTOR DE LA FRACCIÓN TOSEI-HA. DEFENDIÓ LA GUERRA TOTAL Y DIRIGIÓ A LAS TROPAS JAPONESAS EN MANCHURIA A PARTIR DE 1935.OCUPÓ EL CARGO DE PRIMER MINISTRO DOS MESES ANTES DEL ATAQUE A ESTADOS UNIDOS EN PEARL HARBOR. AL CONCLUIR LA GUERRA FUE DETENIDO E INTENTÓ SUICIDARSE. JUZGADO Y CONDENADO POR UN TRIBUNAL MILITAR INTERNACIONAL COMO AUTOR DE CRÍMENES DE GUERRA, FUE EJECUTADO EN DICIEMBRE DE 1948
En noviembre de 1936 Alemania y Japón firmaron el pacto anti-Komintern, un documento básicamente ideológico en el que ambos gobiernos acordaron mantenerse informados sobre las actividades de la Internacional Comunista para cooperar estrechamente en las medidas de defensa que considerasen oportunasEntre 1937 y 1941 se sumaron España, Italia, Finlandia, Eslovaquia, Croacia, Hungría y Rumania. A excepción del gobierno de Franco, el resto apoyó la guerra contra la URSS dispuesta por Hitler en junio de 1941. Japón, en cambio, se mantuvo al margen de esta empresa. Los militares en el poder, siguiendo los tradicionales intereses expansionistas japoneses, habían desplegado sus efectivos en el área del Pacífico y el Asia oriental. Para no dispersar sus fuerzas en dos frentes, y al margen de consideraciones ideológicas, en abril de 1941 firmaron un pacto de no agresión con Stalin, también interesado en evitar enfrentamientos que excedían las posibilidades de la Unión Soviética. Este tratado estuvo vigente durante casi todo el conflicto; recién en Yalta (febrero 1945) el dirigente soviético decidió entrar en guerra con Japón y sumar así sus fuerzas militares a las de Estados Unidos.
El nazismo y la guerra
Las decisiones del Führer tuvieron una incidencia clave en el desencadenamiento de la guerra europea. Los historiadores aún discuten las razones de la política exterior del nazismo. ¿Fue la voluntad de Hitler –puesta al servicio de sus fines ideológicos– el motor central?; o, por el contrario, ¿fueron los factores estructurales (la dinámica caótica y radicalizada del régimen nazi, o bien los intereses del gran capital, o la necesidad de canalizar el descontento social interno) los que imprimieron su sello y condicionaron las acciones del caudillo nazi?
Desde su ingreso a la escena política Hitler planteó algunas ideas extremas: el racismo, la búsqueda de espacio vital para Alemania y la liquidación del comunismo. La raza aria y especialmente sus hombres más sanos y fuertes debían eliminar a los inferiores para tener asegurada su supervivencia. La propuesta del nazismo se diferenciaba de la política exterior revisionista de los conservadores porque no aceptaba que la recuperación de las fronteras de 1914 fuese suficiente para garantizar la seguridad alemana y asegurar su desarrollo. Era preciso que todos los alemanes fueran miembros de la nación alemana, que a través de la guerra con la URSS se asegurara el “espacio vital” requerido para imponer la hegemonía de su vigorosa raza sobre el continente europeo. Sin embargo, las dos metas inmediatas: crear unas fuerzas armadas poderosas y anexionar al Reich los territorios habitados por población germana, coincidían con la política revisionista y de gran potencia seguida hasta entonces. Cuando Hitler llegó al gobierno, el conservador Von Neurath continuó al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Solo a través del proceso de radicalización del régimen nazi se fueron precisando las diferencias. Hasta el Anschluss, en1938, todos los triunfos de la política exterior de Hitler se correspondían con los objetivos de los sectores poderosos del Reich. Si bien Hitler jugó un papel protagónico –en cada una de las acciones, él decidió el momento oportuno y dio la orden de actuar–, contó con un vigoroso respaldo en todos los sectores de la elite política y sus incruentos éxitos iniciales le ganaron el apoyo de la población, poco dispuesta, en principio, a sufrir otra guerra.
En 1938, el debilitamiento de la protección italiana como consecuencia del conflicto etíope y el poderío creciente del Tercer Reich ofrecieron condiciones propicias para avanzar sobre Austria. Después de Versalles, el corazón del imperio de los Habsburgos quedó reducido a una pequeña república con graves problemas económicos y políticos y con un profundo resentimiento por la pérdida de territorios. La unión con Alemania contó con un destacado apoyo entre los austríacos, pero fue prohibida por los vencedores. La ascensión de Hitler acentuó las divisiones en el interior de Austria entre socialistas, católico-conservadores y pangermanistas, y solo estos últimos siguieron reclamando la unión. En 1934 Hitler, que no había dado su aprobación a la medida de fuerza, dispuso –ante la reacción del Duce– que se diera marcha atrás en la empresa. Cuatro años después, desde Berlín se presionó al gobierno encabezado por el socialcristano Kurt von Schuschnigg para que el dirigente nazi Arthur Seyss-Inquart fuese nombrado ministro del Interior, cargo que aseguraba el control de la policía y un amplio margen de acción a los nazis. Entre los más interesados en concretar la anexión estuvieron Neurath, ministro de Relaciones Exteriores; los directores del Plan Cuatrienal, los directivos de las industrias siderúrgicas que lanzaban miradas envidiosas a los yacimientos de mineral de hierro y otras fuentes de materias primas, y Göring, que ejerció la mayor presión. Finalmente el canciller austríaco, ante la amenaza de una invasión alemana, renunció a su cargo, que quedó en manos de Seyss-Inquart. Aunque Hitler solo tenía previsto la unión federal de Alemania y Austria, ante el júbilo con que fue recibido por amplios sectores de la población austríaca resolvió la incorporación de ese país al Tercer Reich. Con la exitosa anexión de Austria el líder nazi confirmó que podía contar con Mussolini y que el gobierno británico no se encontraba dispuesto a luchar.
El próximo objetivo fue Checoslovaquia. Este Estado nacional, creado en Versalles, incluía diferentes comunidades nacionales en tensión con los checos, a cargo de la administración central del país. Entre ellas estaban los 3 millones de alemanes de la región de los Sudetes, que reclamaban mayor autonomía a través del partido Alemán-Sudete, encabezado por Konrad Henlein. Su campaña de agitación contra el gobierno central y los disturbios en esta región hicieron temer a los principales dirigentes europeos que el conflicto fuera imparable y derivara en una guerra europea, en caso de una intervención militar alemana. Checoslovaquia había firmado acuerdos defensivos con Francia. No obstante, en setiembre de 1938, Hitler, Mussolini y los primeros ministros de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, y de Francia, Eduard Daladier, se reunieron en la ciudad alemana de Munich y resolvieron que los checos debían entregar los Sudetes a Alemania y atender las reivindicaciones territoriales planteadas por Polonia y por Hungría. A cambio, las grandes potencias se comprometían a garantizar la existencia del Estado checoslovaco en el resto del territorio. Nadie reaccionó cuando las tropas alemanas ocuparon Praga en marzo de 1939, y el Estado checoslovaco desapareció.
El escenario antifascista
A pesar de que las acciones de Hitler se correspondieron cada vez más con una ideología que conducía a la subversión radical del orden existente y los valores civilizatorios, hasta 1941 no encontró una resistencia mancomunada y eficaz. La ausencia de una alianza antifascista fue resultado de una combinación de factores: desde los intereses y posibilidades de cada Estado nacional frente a un nuevo conflicto mundial, pasando por el profundo abismo entre las democracias occidentales y el comunismo, hasta la subestimación de los fines radical y sangrientamente subversivos del nazismo. Entre las decisiones que obstaculizaron la unidad de acción se destaca el peso de la política de apaciguamiento que fue asumida decididamente por el gobierno conservador inglés, especialmente por Chamberlain a partir de 1937, y, con un mayor grado de tensiones internas, por la República francesa. Esta orientación suponía que con la restauración de las fronteras alemanas previas a Versalles serían satisfechas las aspiraciones de Hitler, sin necesidad de llegar a otra guerra. El apaciguamiento se vinculó en parte con el pacifismo. Entre amplios sectores que habían vivenciado los horrores de la Primera Guerra Mundial arraigó con fuerza el sentimiento de que la paz era un bien que debía ser defendido a ultranza.
Pero las decisiones de los gobiernos democráticos respondieron también a un definido rechazo del comunismo, y en consecuencia a una escasa disposición para actuar mancomunadamente con la Unión Soviética. Desde esta perspectiva, el apaciguamiento expresó una mayor desconfianza hacia el régimen bolchevique que hacia el nazismo, con la consiguiente subestimación de la naturaleza y los objetivos de este último. No obstante, a mediados años de los años treinta, una serie de iniciativas pareció conducir al estrechamiento de lazos entre las democracias y el comunismo. Por una parte, el diálogo entre París y Moscú, junto con el giro de Stalin; por otra, el viraje de la Tercera Internacional.
El ministro francés Pierre Laval, ante los temores suscitados por la política revisionista de Hitler, exploró el acercamiento hacia la Unión Soviética. En mayo de 1935 se firmó el pacto franco-soviético, que estableció la ayuda mutua en caso de agresión no provocada, pero sin que se formulasen precisiones de orden militar para llevarlo a la práctica. La presión de los sectores franceses más conservadores restó eficacia al tratado. Stalin, además, reconoció los tratados de paz de 1919, que habían sido calificados de imperialistas por los bolcheviques, y en 1934 la Unión Soviética ingresó en la Sociedad de Naciones.
La Tercera Internacional abandonó la estrecha relación propuesta en 1928 entre capitalismo, socialdemocracia y fascismo. En su VII Congreso en 1935 afirmó que el fascismo era “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, los más chauvinistas, los más imperialistas del capital financiero”. La lucha contra la vanguardia de la contrarrevolución exigía la construcción de alianzas con las fuerzas socialistas y democráticas.
Se crearon frentes populares en Francia y en España sin que los partidos comunistas tuvieran un papel protagónico, y ambos gobiernos frentistas cayeron en poco tiempo, dramáticamente en el caso español.
Después de Munich, Stalin evaluó que franceses e ingleses consentían el resurgimiento del militarismo alemán porque esperaban que su fuerza se descargase sobre la Unión Soviética. Tanteó, simultáneamente, las posibilidades de un acuerdo con los gobiernos occidentales y con la Alemania nazi. Necesitaba tiempo para fortalecer las fuerzas armadas afectadas por las purgas que habían acabado con la ejecución de una parte de los generales del Ejército Rojo. En el primer caso, Polonia objetó las condiciones para una alianza con la Unión Soviética: no quería que las tropas soviéticas ingresasen a sus territorios. Las tratativas con el gobierno nazi que hasta julio de 1939 no habían pasado la fase de sondeos poco precisos, desembocaron en la firma del pacto Ribbentrop-Mólotov, el 23 de agosto 1939. Hitler y Stalin, ambos actuaron pragmáticamente, sus profundas divergencias ideológicas quedaron subordinadas a la necesidad de que sus naciones acumularan fuerzas suficientes antes de enfrentarse ferozmente en el campo de batalla.
En el apartado público del tratado, los dos gobiernos se comprometieron a mantener una estricta neutralidad mutua si uno de ellos se viese envuelto en la guerra. En el protocolo secreto acordaron el reparto de una serie de territorios. Hitler se aseguró Lituania y la Polonia occidental, mientras que reconocía como zonas de influencia soviética a Estonia,  Letonia, Finlandia y al territorio polaco al este de los ríos Narev, Vístula y San; en el sur, Moscú ocuparía Besarabia, región de lengua rusa que había sido anexionada por Rumania durante la Revolución rusa. El acuerdo rompió el “cordón sanitario” creado en Versalles en la zona de centro Europa para impedir la expansión de los bolcheviques. Hitler pudo dar la orden de avanzar hacia Polonia sin la amenaza de que se abriera un frente militar en el este.




jueves, 4 de septiembre de 2014

Documental- El Holocausto Nazi

Documental- Holocausto Nazi

Nazi-fascismo

  
INSTITUTO SAN ANTONIO
HISTORIA
4° AÑO
MATERIAL DE TRABAJO

“LOS NAZI – FASCISMOS EN EUROPA DE ENTREGUERRAS”







Fuentes consultadas:
clio.rediris.es/n32/historiaycine/historiaycine.htm
www.historiasiglo20.org/
www.claseshistoria.com
Introducción
El término  fascismo  es, posiblemente, uno de los más utilizados en la terminología política e histórica. 
El fascismo, en sentido estricto, es un movimiento político que nació en Italia ligado a la figura
de Benito Mussolini. Los fascistas llegaron al poder en Roma en 1922.
El rápido triunfo de Mussolini provocó que el uso del término fascismo se extendiera para referirse a los movimientos totalitarios de extrema derecha que nacieron en el período de entreguerras en Europa. El ejemplo más relevante fue la versión alemana encabezada por Adolfo Hitler, el nacionalsocialismo o nazismo. En España, la Falange y, en cierta medida, la dictadura de Franco tuvieron rasgos típicos del fascismo.
Por extensión, y a veces de forma poco apropiada, la palabra fascismo se utiliza para referirse a todo tipo de movimientos autoritarios de extrema derecha que han ido surgiendo en el mundo en épocas posteriores.
Al igual que el comunismo soviético, el fascismo nació en sociedades desgarradas por la primera guerra mundial. La sociedad traumatizada surgida en 1918 fue el caldo de cultivo que permitió el nacimiento de una ideología cruel, responsable en gran medida de la segunda guerra mundial.
En estas sociedades de la posguerra encontramos diversos factores que ayudaron al triunfo del fascismo:
·         La existencia de millones de ex-combatientes con una ideología autoritaria, antidemocrática e hiper nacionalista.
·         Una fuerte crisis económica.
·         El descontento nacionalistas en algunos países europeos como Italia o Alemania.

·        
El miedo en las clases medias y altos al triunfo de una revolución comunista, tal como había pasado en Rusia en 1917
Las características del fascismo
El fascismo constituye un fenómeno complejo que adquirió diferentes características según los países. Un ejemplo controvertido es el “franquismo” que, si bien compartió con el fascismo y el nacionalsocialismo importantes rasgos, tuvo algunos elementos diferenciadores (especialmente el peso de la Iglesia Católica) con respecto a los regímenes italiano y alemán. No obstante, podemos distinguir una serie de rasgos comunes al fascismo:
Totalitarismo
El estado fascista fue un estado totalitario. El gobierno y la burocracia estatal trataron de intervenir en todos los ámbitos de la vida, coartando la libertad de los individuos. El estado trató de controlar la escuela, la juventud, la vida laboral y empresarial, el mundo femenino, los medios de comunicación.
A diferencia del estado liberal, sustentado en la libertad individual, en el fascismo las personas se subordinaban plenamente al estado. Un estado que se fundamentaba en la fuerza, el liderazgo y la jerarquía,  ejerciendo un absoluto control de la sociedad.
El partido oficial era la única organización política permitida. El partido (fascista, nacional-socialista) fiscalizaba y regulaba la acción del estado con el cual llegó a confundirse.
Antiliberalismo
Para los ideólogos fascistas el liberalismo era una ideología débil, incapaz de frenar al auge del comunismo e ineficaz para mantener el rumbo de una economía sometida a una profunda crisis en el período de entreguerras.
La democracia y el sufragio universal fueron considerados métodos artificiales e inútiles que intentaban igualar la natural desigualdad entre los hombres. 
La libertad, encarnada en los derechos de expresión, asociación o reunión fue contemplada con absoluto desdén por una ideología fascista que defendía los conceptos de jerarquía, disciplina y obediencia.     
Los partidos políticos eran elementos que llevaban al desorden y a la desmembración social y por consecuencia, en aquellos países donde el fascismo alcanzó el poder, fueron ilegalizados y perseguidos. El estado fascista se basó en un único partido bajo el liderazgo del jefe o caudillo. 
Anticapitalismo
El fascismo tuvo en su origen un carácter anticapitalista. El término nacional-socialista es una reminiscencia de esos inicios.
Sin embargo, especialmente en el caso alemán, el capitalismo se identificó con los financieros y banqueros judíos, calificados como elementos degenerados de la burguesía. La propaganda fascista trató de distinguir entre la figura del gran capitalista, sinónimo de usurero corrupto, y la del empresario, honrado, laborioso y solidario con la comunidad. 
El anticapitalismo fascista tuvo su mayor expresión en la organización corporativa del mundo del trabajo. Empresarios y trabajadores fueron obligados a pertenecer a sindicatos obligatorios, controlados por el partido único. Los trabajadores, que perdieron sus sindicatos libres, fueron los grandes perjudicados de esta reorganización del mundo laboral.
Sin embargo, a pesar de la palabrería propagandística, HitlerMussolini y otros dictadores fascistas recibieron el apoyo del gran capital en su ascenso al poder. Y una vez alcanzado éste, la alianza con los grandes empresarios se estrechó aún más, hasta constituirse en la columna sobre la que se vertebró la economía.
Antimarxismo
La lucha de clases, elemento clave en la visión marxista de la sociedad, chocaba frontalmente con la ideología unificadora, nacionalista y totalitaria del fascismo. Los grupos paramilitares fascistas, los “squadristi” o “camisas negras” italianos, los SA o “camisas pardas” alemanes,  hostigaron desde un principio a las organizaciones socialistas, comunistas y anarquistas. Los sindicatos y partidos de izquierda fueron inmediatamente ilegalizados y perseguidos al acceder al poder los fascistas y nacional-socialistas.   
La furibunda actitud fascista contra las organizaciones obreras le granjeó a Mussolini y Hitler la simpatía de muchas clases medias que veían con pavor la posibilidad de una revolución comunista en sus países.
Autoritarismo y militarismo
El fascismo concebía la sociedad como una organización militar.  En ella cada individuo debía ocupar un lugar determinado y desarrollar una función específica. La jerarquía, el mando y la disciplina debían regir el funcionamiento social. No había lugar para discrepancias o disensiones.  Cualquier desobediencia se debía solucionar por la violencia.
Así, los partidos fascistas organizaron desde un principio grupos paramilitares uniformados, los  SA nazis, los “camisas negras”, que desde un principio aplicaron la violencia terrorista a la actividad política.     
Al llegar al poder el fascismo y el nacional-socialismo potenciaron el papel de las fuerzas armadas, esenciales para poner en práctica sus planes de expansión territorial. El espíritu militar impregnó completamente la sociedad: los grandiosos desfiles militares se hicieron cotidianos, los jóvenes fueron educados en los valores castrenses, los saludos y uniformes proliferaron.
En concordancia con la exaltación de lo militar, el fascismo promovió los “valores masculinos”. El papel de la mujer quedó relegado al rol tradicional de madre y esposa.
Nacionalismo exacerbado
Los fascismos organizaron su visión totalitaria en torno al concepto de nación. La unidad nacional en torno al estado, al partido único y al líder será la máxima aspiración de la ideología fascista. Este nacionalismo extremo tomó diferentes formas en los distintos países. 
El nacionalismo de los partidos fascistas derivó inmediatamente en sueños expansionistas. Mussolini  soñó con resucitar la antigua Roma y unificar el mediterráneo, “il mare nostro”, bajo la hegemonía italiana. Hitler imaginó, y esta ensoñación trajo consecuencias siniestras, con un nuevo III Reich, el tercer imperio alemán, bajo la dirección de la raza superior germana. Incluso Franco se permitió proclamar la vuelta al imperio, exaltando la España de los Reyes Católicos y los primeros monarcas Habsburgo.
Liderazgo de un jefe carismático
Los partidos y, posteriormente, los estados fascistas se organizaron en torno a la figura de un jefe ("Duce, Führer, Caudillo") con poderes absolutos sobre el partido, el estado y la sociedad. El eslogan italiano "Il Duce ha sempre ragione" (el Duce siempre tiene razón) explica por sí solo esa postura irracional de obediencia absoluta al líder.
El jefe estaba dotado de un especial carisma que hiciera que su personalidad sobresaliera sobre los demás mortales. Este carisma fue alimentado a través del culto a la personalidad. Un culto alimentado por una propaganda sistemática de exaltación del líder. En este sentido el fascismo se hermana perfectamente con el estalinismo.
Empleo de la propaganda y el terror
Los  regímenes fascistas pusieron gran empeño en controlar los medios de comunicación, especialmente, la radio y la prensa. Tras abolir  libertad de expresión y perseguir a cualquier medio que se atreviese a desafiar esta prohibición, los gobiernos fascistas utilizaron masivamente la propaganda para inculcar los valores de su ideología. La gran figura en la manipulación de la verdad y la propaganda alienante fue  el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels.
A los que no se dejaban convencer por la manipulación informativa, el fascismo reservaba el empleo sistemático del terror, desde la amenaza hasta la reclusión en campos de concentración y el asesinato.
Racismo
La ideología fascista era totalmente contraria a la idea de igualdad (entre los seres humanos, entre los sexos, entre las naciones). En este sentido, el fascismo y, muy especialmente, su versión alemana: el nacional-socialismo fue una ideología radicalmente racista.
El nazismo se basaba en una visión racial de la humanidad en la que las razonas superiores, en la cúspide entre ellas la raza aria germana, debía de dominar y esclavizar a las razas inferiores (los eslavos especialmente). Punto y aparte lo constituía lo que los nazis denominaron “infrahombres”, el pueblo judío.
El antisemitismo constituyó el eje central de la ideología nazi. Desde el hostigamiento se pasó a la discriminación jurídica (Leyes de Nuremberg, 1935), para llegar durante la segunda guerra mundial  a la “solución final” del problema judío. Un eufemismo para referirse al exterminio de seis millones de judíos de la Europa central y oriental. El pueblo gitano sufrió también una brutal persecución por parte del nazismo alemán.  Los orígenes del fascismo italiano
Los orígenes
La génesis del Estado fascista ha de vincularse con la crisis que azotó Italia al final de la I Guerra Mundial. Alineada en el conflicto con Francia, Gran Bretaña y Rusia (pese a su inicial pertenencia al bando opuesto) salió vencedora del conflicto, pero lo hizo aquejada de serios problemas económicos, sociales y políticos que dieron lugar a una fuerte conflictividad y propiciaron el descrédito del sistema parlamentario liberal.
Económicamente, el país concluyó la guerra debilitado, con un industria dañada, con el norte -el más desarrollado- muy afectado por los combates y con una todavía anticuada estructura rural en el resto. El paro y la inflación fueron en constante incremento.
Socialistas italianos en Livorno
Socialmente, la crisis económica condujo a una notable agitación en los sectores más radicales de la clase obrera, partidarios de tesis revolucionarias del estilo de las desarrolladas por los bolcheviques en Rusia.
Esta situación sembró la inquietud entre las clases medias y la gran burguesía, quienes a partir de entonces se sintieron atraídas por la acción contrarrevolucionaria y violenta de los fascistas frente a la izquierda. Texto. Ambiente revolucionario en los años veinte Texto. La violencia según Mussolini. Benito Mussolini. Fragmento de un discurso. 1921
Políticamente, el nacionalismo italiano se sintió herido al interpretar que Italia había sido maltratada en las negociaciones llevadas a cabo por los vencedores en la Paz de París. Este sentimiento fue hábilmente explotado por Mussolini quien en todo momento hizo alarde de una política de exaltación patriótica.
Durante el desarrollo de esas negociaciones, y con la oposición de las potencias, numerosos excombatientes ultranacionalistas se agruparon en torno a la figura del "poeta-soldado" D’Annunzio y ocuparon en 1919 la ciudad yugoslava de Fiume (hoy Rijeka, en Croacia), creando en 1920 un pequeño estado de carácter totalitario que más tarde se vinculó a Italia en 1924.
D'Annunzio. Poeta y dramaturgo italiano (1863-1938), de ideología ultranacionalista y partidario del fascismo. Su acción de conquista de Fiume hay que encuadrarla dentro de la exaltación del nacionalismo italiano tras la I Guerra Mundial. En 1945, una vez derrotado el fascismo, Fiume volvió a ser reintegrada a Yugoslavia.
La toma del poder
La llegada al poder del fascismo tuvo lugar en medio de una Italia revuelta. Tres fuerzas principales comprendían el arco político a comienzos de la década de los 20: destacaba el Partido Popular Italiano, de ideología católica moderada, creado en 1919 por el Secretario de Acción Católica Luigi Sturzo y apoyado por el papa Benedicto XIV.
Antonio Gramsci
Le seguía en importancia el Partido Socialista, sujeto a fuertes tensiones internas que terminaron con su ruptura en dos sectores. Uno de ellos se convirtió en 1921 en la tercera fuerza política italiana: el Partido Comunista, de carácter revolucionario, integrado en la III Internacional (Komintern) y entre cuyos fundadores destacó el pensador y escritor Antonio Gramsci.
La cuarta fuerza presente en la vida política italiana era el Partido Fascista, surgido en 1921 de los "Fasci di Combattimento", en cuyo seno convergían diversos sectores, desde antiguos socialistas (caso del mismo Mussolini) hasta grupos ultraconservadores. La progresión del Partido Fascista fue rápida. En 1920 sus miembros protagonizaron numerosos actos de violencia frente a militantes de izquierda y sindicalistas. En 1922 su presencia en la vida política italiana era ya un hecho, copando numerosos gobiernos de carácter local y provincial y reuniendo en sus filas numerosos simpatizantes procedentes de círculos empresariales, la Iglesia y el Ejército.
La inestabilidad de la situación política italiana de posguerra propició el ascenso del fascismo. Los trabajadores, organizados en activos sindicatos como el socialista Confederación General Italiana del Trabajo participaron en importantes movilizaciones (ocupación de tierras y fábricas entre 1919 y 1920) que culminaron en una huelga general el 31 de julio de 1922. Ésta fue aplastada por la reacción violenta de grupos fascistas que sembraron de víctimas el país.
Los grandes propietarios industriales y agrarios, los católicos, los conservadores, atemorizados por las proclamas revolucionarias del izquierdismo más radical, se refugiaron en el profundo anticomunismo de los “fasci”. La violencia se apoderó de pueblos y ciudades favorecida por la inepcia y la inoperancia de los débiles y efímeros gobiernos que se sucedían con rapidez, en medio del descrédito del sistema parlamentario. Estos hechos favorecieron que un creciente número de italianos reclamara la acción de un gobierno fuerte y estable.
En ese ambiente se produjo el definitivo asalto al poder del fascismo. La oportunidad llegó tras la “Marcha sobre Roma” organizada en el mes de octubre de 1922. Mediante esa maniobra los fascistas pretendían forzar la dimisión del gobierno constitucional e imponer el de Mussolini.
La marcha sobre Roma
La Marcha sobre Roma movilizó a miles de fascistas de todo el país que se dirigieron desde Nápoles hacia la capital. Ataviados con característicos uniformes, “los camisas negras” fueron conducidos por Mussolini que permaneció en Milán a la espera del desarrollo de los acontecimientos.
El Jefe de Gobierno, Luigi Facta, pidió al Jefe del Estado -el rey Víctor Manuel III- que declarase el estado de sitio para detener la marcha, pero éste se opuso a la medida. En las razones de tal decisión posiblemente debió pesar el temor que suscitaba en el monarca el estallido de una revolución socialista y el desencadenamiento de una guerra civil.
Victor Manuel III, rey de Italia  entre 1900 y 1946. En 1922 llevó al poder a Mussolini. A partir de entonces su gobierno  fue simplemente nominal.
Víctor Manuel III
También influyó en él la desconfianza que sentía por los políticos del Partido Popular de Sturzo. Por lo demás, la patronal e importantes sectores del ejército, simpatizaban de forma abierta con Mussolini.
El 29 de octubre el rey pidió a éste la formación de un gobierno. El fascismo había llegado al poder con el concurso del jefe del Estado italiano.
El ascenso al poder de Mussolini no ocasionó de forma automática la implantación de un Estado fascista.
B. Mussolini
Aunque convertido en primer ministro, gobernó durante unos meses sustentado en una coalición de partidos (liberales, nacionalistas y católicos) dentro de los cauces constitucionales; de hecho, su primer gobierno (1923) tan solo contó con cuatro ministros fascistas.
En 1924 se celebraron elecciones generales en un ambiente de tensión y violencia. De 7 millones de votos algo más de 4 fueron para los "fasci", mientras que 3 recayeron sobre la oposición. Sin embargo, aquellos obtuvieron mayoría gracias a una ley electoral aprobada en 1923, según la cual el partido que obtuviese un 25 % de los votos se alzaría con una representación de dos terceras partes de la Cámara. Las denuncias en el Parlamento del diputado socialista Giacomo Matteotti de las arbitrariedades y la violencia cometidas por los fascistas precedieron a su secuestro y posterior asesinato. Todo indicó que el responsable de tal crimen había sido Mussolini. Texto. Las denuncias de Matteotti. Matteotti. Discurso de marzo de 1921
Giacomo Matteotti
El escándalo y las protestas que se elevaron desde todos los sectores políticos, la prensa y el extranjero arrinconaron a Mussolini. Diversos sectores de la coalición de gobierno le volvieron la espalda. El Partido Popular de Sturzo e importantes sectores de la Iglesia condenaron el hecho. Los intelectuales y el mundo académico firmaron un comunicado de rechazo. Mussolini fue repudiado internacionalmente y el fascismo estuvo sujeto durante meses a una fuerte crisis que a punto estuvo de costarle el poder. Los diputados de la oposición abandonaron el Parlamento. Ya no volverían a ocupar sus escaños.
Pese a su crítica posición, Mussolini conservó el poder merced al rey que no lo relevó del gobierno. A partir de entonces su labor se concentró en silenciar cualquier tipo de oposición.
En 1925 suprimió los partidos políticos, los sindicatos y la libertad de prensa, mandó arrestar a los líderes de izquierda (Ej. Gramsci). Centenares de miles de italianos hubieron de exiliarse. Nacía el Estado totalitario controlado por un líder fuerte e indiscutido.
El Estado fascista italiano
El asesinato del diputado socialista Matteotti en verano de 1924 conmocionó Italia y provocó una oleada de indignación que se extendió por el mundo político, periodístico y diplomático. Sin embargo, una vez superado el bache el fascismo se repuso y aceleró la implantación del Estado totalitario, que en 1925 se encontraba ya plenamente conformado.
Los campos de actuación del Estado fascista fueron los siguientes:
La acción del Estado fascista en el campo político
El régimen fascista abolió los derechos políticos y los sustituyó por una estructura de carácter corporativo que subordinaba la esencia y la iniciativa individuales al interés nacional. Todo quedaba sujeto al Estado: como Mussolini expresó: "Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado".  B. Mussolini. El Estado fascista.
En 1925 una ley le otorgaba plenos poderes. Sometió a control al partido único desprendiéndose de los elementos que menos confianza le inspiraban. El Partido Fascista quedó relegado a mero instrumento propagandístico, útil para encuadrar a un creciente número de militantes. Las funciones que teóricamente le correspondían fueron asumidas por el Gran Consejo Fascista, en estrecho contacto con el Duce, quien recurrió para ejercer su gobierno al uso de decretos ley. Texto. Plenos poderes para Mussolini.  Ley del 24 de diciembre de 1925. Los partidos políticos fueron suprimidos -salvo el Nacional Fascista- mediante la Ley de Defensa del Estado. La oposición fue eliminada, los intelectuales silenciados. Se creó un Tribunal especial para juzgar los casos relacionados con los delitos políticos al tiempo que se instituía una policía, la OVRA ("Organizzacione di Vigilanza e Repressione dell'Antifascismo"), creada en 1926 y especializada en la persecución de la disidencia.
La política exterior de Mussolini se encaminó en dos direcciones: por un lado, al restablecimiento de relaciones con la Santa Sede, por otro, a ofrecer una imagen internacional de Italia como gran potencia militar y colonial.
En 1929, mediante los Pactos de Letrán, Mussolini normalizó sus relaciones con la Iglesia católica, muy tensas desde que en 1870, ocho años más tarde de la unificación italiana, el ejército italiano ocupara Roma.
Desde entonces los papas se habían considerado prisioneros dentro del Vaticano. Mediante ese concordato (signado por el Rey de Italia, a instancias de Mussolini y el papa Pío XI) Italia reconocía la soberanía del Estado del Vaticano y, a cambio, se reconocía la religión católica como la oficial del Estado.
Desde la derrota de Adua en 1896 Italia aspiraba a incluir entre sus posesiones coloniales el territorio de Abisinia. En 1935 la conquistó. Con este territorio y los de Eritrea y parte de Somalia fundó la colonia del África Oriental Italiana. Texto. Conquista de Etiopía.  Discurso de Mussolini del 5 mayo de 1936
El apoyo que recibió de Hitler ante estas acciones imperialistas acercó a Mussolini a las posturas alemanas, olvidándose del recelo que el nazismo le había suscitado, fundamentalmente, debido a las pretensiones hitlerianas de anexionarse Austria.
Imperialismo
En 1939 Mussolini conquistó Albania, en tanto que Hitler hizo lo propio con los territorios checoslovacos de Bohemia y Moravia (Sudetes).
La guerra civil española (1936-1939) ofreció al fascismo italiano la oportunidad de intervenir en un conflicto internacional, intentando exportar la imagen de gran potencia. Junto a Alemania, ayudó a los sublevados contra la II República capitaneados por el general Franco.
Mussolini mantuvo un trato de privilegio con la Alemania hitleriana. En 1937 firmó con ella y Japón una alianza militar, el Eje, que nunca llegó a ser plenamente operativa. Al comienzo de la II Guerra Mundial Italia se mantuvo neutral hasta 1940.
Adolf Hitler y Benito Mussolini
Ese año declaró la guerra a Francia -ya derrotada por los alemanes- y a Gran Bretaña, que en esos momentos atravesaba por serios apuros militares en su lucha con Alemania.
La acción del Estado fascista en el campo económico
La Carta del Trabajo de 1927 plasmó el corporativismo económico del Estado fascista. Las empresas privadas quedaron bajo su supervisión, y se desarrolló una “tercera vía” capitalista frente al liberalismo (defensor de la iniciativa privada) y el socialismo (propietario de los medios de producción).  No obstante, las grandes corporaciones industriales gozaron de mayor libertad de acción que las medianas o pequeñas y, en gran medida, escaparon al intervencionismo estatal.
La política económica subordinaba la iniciativa privada al interés general pero, en realidad, favoreció a la gran patronal y a los terratenientes. Potenció el crecimiento económico en torno a la industria pesada y las grandes empresas.
Autarquía
En el campo agrario se fomentó la autosuficiencia del país mediante la autarquía, para lo que se hizo necesario incrementar la producción y disminuir la dependencia del exterior. Se desarrollaron campañas cuya denominación evocaba el lenguaje bélico: así nacieron la “batalla del trigo”, la “batalla de la lira” o la “batalla de los nacimientos”, ésta última encaminada a impulsar el crecimiento de la población.
Entre las prioridades económicas del régimen destacó la búsqueda del auto abastecimiento agrícola ("batalla del trigo", 1925).
Mecanización del agro
Se pusieron en cultivo tierras baldías, se sustituyeron cultivos tradicionales por otros nuevos, se fomentaron los cultivos cerealistas de carácter extensivo, se desecaron charcas y marismas, se construyeron embalses en las zonas de déficit hídrico y se levantaron poblados para albergar a los nuevos colonos.
Aunque el régimen se valió de fuertes campañas propagandísticas para difundir sus logros, los resultados finales no pasaron de mediocres; entre otras razones, porque la mayor parte de las inversiones se centraron en las zonas cercanas a la capital, en algunas regiones como la llanura del Po y las áreas litorales del Adriático y Tirreno, en detrimento de otras periféricas.
Con la “batalla de la lira” el régimen se propuso dotar a la moneda italiana de prestigio internacional, asignándole un alto valor de cambio.
Sin embargo, los efectos resultaron en buena medida contraproducentes, ya que los productos italianos perdieron competitividad frente a los extranjeros y las exportaciones disminuyeron, privando al país de una importante fuente de divisas.
Ante la Crisis de 1929, el Estado incrementó el control sobre la economía, intensificando la autarquía y creando organismos como el IRI (Instituto para la Reconstrucción Industrial, 1933). Éste aglutinaba empresas pertenecientes a sectores estratégicos como las comunicaciones o la siderurgia (indispensable para la industria de armamentos).
Autarquía
La modernización del transporte fue uno de las acciones económicas más importantes acometidas por Mussolini. En la imagen cartel publicitario de automóvil. Ampliar imagen
Motorización
El régimen acometió una importante labor de modernización de las infraestructuras de comunicación y transporte, especialmente en lo relativo al ferrocarril y la red de carreteras, construyéndose las primeras autopistas e impulsando la motorización.
La acción del Estado fascista en el campo social
La Ley Rocco de 1926 suprimió los partidos y organizaciones sindicales, a excepción de las de carácter fascista. Se intentaba abolir de ese modo la lucha de clases y constituir una sociedad donde reinase la armonía entre obreros y patronos.
Mussolini escenificando el trabajo agrícola, en una imagen propagandística con la que se trataba de incrementar la producción y trasladar una imagen de armonía social . Ampliar imagen
Se prohibieron derechos laborales elementales como el de huelga (1927). En 1932, los agentes económicos (patronos y obreros) fueron encuadrados en 22 grandes corporaciones creadas según la actividad económica (metalúrgicos, banca, transporte, etc), dando lugar a unos “sindicatos verticales” sumamente burocratizados, que sustituyeron a los de clase.
Se instituyó una asistencia social que incorporó ciertas medidas populares como el salario mínimo, la congelación de alquileres, ayudas a las familias numerosas para fomentar la natalidad, etc. En el ámbito laboral se creó una caja de seguros obligatorios para hacer frente a la enfermedad, la invalidez y la vejez.
El asociacionismo, esencia del fascismo, fue empleado como instrumento de control social. Se incentivaron las organizaciones infantiles y juveniles. Éstas regularon el tiempo libre de sus afiliados y se organizaron en torno a una estructura de carácter paramilitar que enaltecía las virtudes nacionalistas y guerreras del pueblo italiano.
Así surgieron organizaciones como la de los “balillas” y los “Grupos Universitarios Fascistas”.
El Estado fascista italiano. Campo ideológico
El Estado totalitario fiscalizó todas las facetas del pensamiento, la información y la expresión. Desplegó una férrea vigilancia sobre la educación, a la que encomendó la misión del adoctrinamiento político de niños y jóvenes.
La Reforma del ministro Giovanni Gentile (1923) confirió a la educación un carácter tradicionalista y elitista. Potenció la enseñanza de las humanidades y la religión, al tiempo que atribuyó a la mujer un papel social alejado del ámbito laboral y de los puestos de responsabilidad, relegándola al papel de madre y administradora del hogar.
Los medios de comunicación, prensa, radio, publicaciones de toda clase, al igual que la cultura, fueron puestos al servicio de los ideales fascistas.  Texto. El control de los medios de comunicación.  Renzo De Felice. El fascismo, ¿Un totalitarismo a la italiana?
Se controló a los intelectuales, se persiguió a los díscolos (un ejemplo notable fue el del filósofo, pensador y periodista Antonio Gramsci) y se crearon organismos como el de la Academia de Italia, destinados a servir de “faro de las masas”.
Revista de arte
El arte fue consagrado como instrumento de difusión del ideario fascista, si bien su campo expresivo gozó de más libertad que en el nazismo alemán. Un caso paradigmático del “nuevo arte” lo constituyó el “futurismo”, cuya principal figura, Marinetti, exaltó en sus obras ideas gratas al régimen, como la novedad, la velocidad, la acción, el nacionalismo y lo militar.
El cine sirvió para transmitir una imagen sublimada del régimen y se hizo testigo de sus fastos: paradas militares, inauguraciones, etc. La importancia que Mussolini otorgó a este medio como arma propagandística se concretó en la fundación en 1937 de los estudios de Cinecittà en Roma.
La formación y adoctrinamiento de la juventud fue uno de los principales objetivos que se marcó el Estado, distinguiendo entre las actividades dirigidas al sexo masculino o al femenino.
L'Opera Nazionale Dopolavoro se creó en 1925 con la finalidad de organizar el tiempo libre de los italianos, canalizándolo a través de la educación física, el deporte, la formación artística o el turismo. Texto. El fascismo y la juventud. Indro Montanelli y M. Cervi. La Italia victoria Fue un claro ejemplo de cómo el Estado totalitario intentaba llegar a los más recónditos espacios de la vida de los italianos, incluido el espacio familiar y personal. En la implantación de sus ideales el Estado contó con la inestimable ayuda de la Iglesia Católica.
Ésta, tras los Pactos de Letrán (que reciben su nombre del palacio romano donde se firmaron en 1929), alcanzó el reconocimiento de la soberanía del estado del Vaticano y obtuvo importantes ventajas en materia educativa como la implantación de la enseñanza obligatoria de la materia de Religión en los niveles de Primaria y Secundaria.
También logró que el catolicismo fuese considerado la religión oficial del Estado. Salvo puntuales críticas, como la que realizó Pío XI en 1931, la Iglesia constituyó un sólido soporte del régimen fascista.
Pese a la constante y sistemática exaltación de nacionalismo, el fascismo italiano no desplegó las altas cotas de xenofobia y racismo que alcanzó el régimen nazi en Alemania.
Su antisemitismo fue más moderado, aunque se radicalizó a partir de 1938, en un intento de Mussolini por converger con Hitler en el tratamiento del “asunto racial”.

Fuentes para analizar
El Duce Mussolini declara la guerra a Etiopía  

¡Camisas negras de la revolución! ¡Hombres y mujeres de toda Italia! ¡Italianos, habitantes de todas las regiones del mundo, más allá de las montañas y los océanos! ¡Escuchad!

Una hora solemne en la historia de la patria está a punto de sonar. Veinte millones de italianos están en estos momentos reunidos en las plazas de Italia. Es la más grande manifestación de toda la historia del género humano. Veinte millones de italianos, pero un único corazón, una única voluntad, una sola decisión. Esta manifestación demuestra que la identidad de Italia y el fascismo es perfecta, absoluta e inalterable. Sólo cerebros reblandecidos en ilusiones pueriles o aturdidos por la profunda de las ignorancias pueden pensar lo contrario, porque ignoran lo que es la Italia fascista de 1935.

En la Sociedad de Naciones, en vez de reconocer el justo derecho de Italia, se atreven a hablar de sanciones. (...) Hasta que no se demuestre lo contrario, me niego a creer que el pueblo de Gran Bretaña, el verdadero, quiera verter su sangre y empujar a Europa por la vía de la catástrofe, por defender a un país africano, universalmente reconocido como bárbaro e indigno de figurar entre los pueblos civilizados.

Sin embargo, no podemos fingir ignorar las eventualidades del mañana. A las sanciones económicas, nosotros responderemos con nuestra disciplina, con nuestra sobriedad, con nuestro espíritu de sacrificio.
Discurso de Mussolini difundido por radio el 2 de octubre de 1935

 La doctrina del fascismo
Siendo antiindividualista, el sistema de vida fascista pone de relieve la importancia del Estado y reconoce al individuo sólo en la medida en que sus intereses coinciden con los del Estado. Se opone al liberalismo clásico que surgió como reacción al absolutismo y agotó su función histórica cuando el Estado se convirtió en la expresión de la conciencia y la voluntad del pueblo. El liberalismo negó al Estado en nombre del individuo; el fascismo reafirma los derechos del Estado como la expresión de la verdadera esencia de lo individual. La concepción fascista del Estado lo abarca todo; fuera de él no pueden existir, y menos aún valer, valores humanos y espirituales. Entendido de esta manera, el fascismo es totalitarismo, y el Estado fascista, como síntesis y unidad que incluye todos los valores, interpreta, desarrolla y otorga poder adicional a la vida entera de un pueblo (...). 
El fascismo, en suma, no es sólo un legislador y fundador de instituciones, sino un educador y un promotor de la vida espiritual. No intenta meramente remodelar las formas de vida, sino también su contenido, su carácter y su fe. Para lograr ese propósito impone la disciplina y hace uso de su autoridad, impregnando la mente y rigiendo con imperio indiscutible (...).
Benito Mussolini. La doctrina del fascismo, 1932

La doctrina del fascismo (2)
El fascismo niega que el número, por el solo hecho de ser número pueda dirigir las sociedades humanas, niega que este número pueda gobernar gracias a una consulta periódica. Afirma la desigualdad indeleble, fecunda y bienhechora de los hombres, que no es posible nivelar gracias a un hecho mecánico y exterior como el sufragio universal. Se puede definir a los regímenes democráticos como aquellos que dan al pueblo, de tiempo en tiempo, la ilusión de la soberanía (...). El fascismo rechaza de la democracia la absurda mezcla convencional de igualdad política, el hábito de la irresponsabilidad colectiva, el mito de la felicidad y del progreso indefinido. Pero si la democracia puede entenderse de modo diferente, si ella significa no dejar al pueblo al margen del Estado, el fascismo puede ser definido por el que escribe estas líneas como una 'democracia organizada, centralizada y autoritaria. (...).
Ni agrupaciones (partidos políticos, asociaciones, sindicatos) ni individuos fuera del Estado. Por consiguiente, el fascismo es contrario al socialismo que limita el movimiento histórico al punto de reducirlo a la lucha de clases y que ignora la unidad del Estado que, de suyo, funde las clases en un sólo bloque económico (...).”
Benito Mussolini. La doctrina del fascismo, 1932
 
El catecismo fascista
P ¿Cuál es el significado del nombre Duce? 
R. Duce viene del latín dux que deriva de duco y significa «el que conduce».
P ¿Quién es el Duce? 
R. El Duce, Benito Mussolini, es el creador del fascismo, el renovador de la sociedad civil, el jefe del pueblo italiano, el fundador del imperio.
P ¿Por qué el Duce es el creador del Fascismo? 
R. Porque fundó el Fascio de Combate y porque se debe a él la Revolución Fascista y la doctrina del fascismo.
P ¿Qué quiere el Duce para el pueblo italiano? 
R. Quiere mejorarlo moralmente y materialmente, garantizándole el máximo de trabajo y bienesta1; y quiere que a través de la educación y la organización política, sindical, deportiva y moral del fascismo, seamos siempre conscientes de sus fines y su misión en el mundo.
P ¿Cuál es la diferencia entre el Duce y los jefes de gobierno liberales y demócratas? 
R. En el régimen liberal y democrático, el jefe del gobierno es el exponente de los intereses de un partido y está sujeto al beneplácito del Parlamento, que puede ocasionar su caída; por el contrario, el Duce representa, como jefe del Gobierno, a la nación entera, que está a sus órdenes en la disciplina fascista y en la de la Patria.
P ¿Cuáles son las atribuciones del Duce? 
R. El Duce es presidente del Gran Consejo del Fascismo, jefe del Gobierno, jefe del PNF, Primer Mariscal del Imperio, Comandante general de la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional. 
 
P ¿Por qué el Duce es el fundador del Imperio? 
R. Porque conduce y vence, contra una coalición de 52 Estados, la más grande guerra colonial de la historia, guerra para aumentar el prestigio, la grandeza y la vida de la Patria fascista. A través de esta guerra y la conquista de Etiopía, Italia ha tenido su Imperio.
El catecismo fascista, Il primo libro del fascista. Roma PNF. 1938

El Nazismo Alemán
La llegada al poder de Hitler en 1933, a través de las urnas, arruinó la experiencia democrática de Weimar y supuso la implantación de un Estado totalitario basado en una dictadura personal. Las repercusiones a nivel internacional fueron enormes. En los años treinta Alemania emprendió una política de rearme en una estrategia agresiva y expansionista que condujo a la Segunda Guerra Mundial. El nazismo no puede entenderse sin la figura de Adolf Hitler (1889-1945), su máximo representante e ideólogo. Hijo de un funcionario austríaco de aduanas, su verdadera pasión de juventud fue la pintura. Se trasladó a Viena con el fin de ingresar en la Academia de Bellas Artes, pero fue suspendido en el examen de ingreso.
Su estancia en la capital del Imperio Austríaco transcurrió entre penurias económicas. En 1913 la abandonó y se trasladó a la ciudad alemana de Munich. Por aquel entonces ya tenía profundamente arraigados sus ideales.
La I Guerra Mundial le sorprendió en Alemania en cuyo ejército se enroló como voluntario. Por su arrojo obtuvo varias condecoraciones y fue herido en 1916.
La derrota alemana le causó una profunda consternación y responsabilizó de ella a los políticos socialistas, comunistas y judíos quienes, según él, habían asestado desde la retaguardia una “puñalada por la espalda” al valeroso ejército alemán. Consideró la firma del Tratado de Versalles como una humillación inaceptable y se impuso la tarea de devolver a Alemania su papel de potencia respetada y temida en el mundo.
Cartel nazi de 1930. Representa a una espada que aniquila una  serpiente con el símbolo de la estrella de David en la cabeza. El cuerpo representa los males que aquejan a Alemania:  Versalles, Locarno, bolchevismo, marxismo, corrupción, etc.
Los males de Alemania
En 1919 Hitler se afilió al pequeño Partido de los Trabajadores Alemanes. Un año más tarde esta formación adoptó el nombre de Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter-Partei), cuyas siglas fueron NSDAP, más conocido por "Partido Nazi".
Se trataba de un grupo de carácter radical que empleó como organización de choque a las SA (Sturm Abteilung) o “sección de asalto”, cuya dirección fue encomendada a E. Röhm. Éste junto a otros jerarcas como Goering, Strassner y Rudolf Hess, constituyeron el primitivo núcleo organizativo del joven partido.
Los orígenes del nazismo
En 1923 el Partido Nazi celebró su primer congreso, para entonces contaba con aproximadamente 20.000 militantes. Ese mismo año tuvo lugar la invasión franco-belga de la región alemana del Ruhr, en teoría para salvaguardar el pago de determinadas partidas de reparación de guerra que Alemania había dejado de cumplir.
El nacionalismo alemán, exacerbado por el gobierno, desencadenó una oleada de protestas y sabotajes contra los ocupantes. El Estado se comprometió a indemnizar a los afectados por la invasión, recurriendo para ello la emisión de abundante papel moneda, originando una HIPERINFLACIÓN que hundió la economía alemana, empobreciendo a amplios sectores de la población, en un clima de enorme malestar social.
Invasión del Rhur
La coyuntura fue aprovechada por Hitler para intentar conquistar el poder. El 8 de noviembre de 1923 ensayó un golpe de Estado en Munich, capital de la región de Baviera ("Putsch de Munich") con la intención de imponer al veterano general Ludendorff como dictador y destruir la legalidad republicana.
El 9 de noviembre, una manifestación de varios miles de nazis que discurría por las calles de Munich fue destruida por las fuerzas del orden, con lo que la rebelión fue abortada. De haber triunfado, hubiese permitido a Hitler avanzar sobre Berlín, tal y como Mussolini lo había hecho meses antes con su "Marcha sobre Roma".
Sin embargo, la intentona golpista fracasó y Hitler fue juzgado y condenado a 5 años de cárcel (de los cuales solo cumpliría 9 meses). No obstante, el juicio fue aprovechado para prestigiar su figura que surgió ante los ojos de muchos alemanes como la de un héroe defensor de la patria frente a los “corruptos políticos republicanos”.
Fue durante esa estancia en prisión cuando escribió el libro "Mein kampf" (Mi lucha), publicado en 1925, donde expresaba los fundamentos de su ideología: antisemitismo visceral, anticomunismo y antiliberalismo.
El fracaso del Putsch de Munich llevó a Hitler a la convicción de que el poder había de ser conquistado mediante la legalidad, es decir, a través de la vía parlamentaria.
Nazismo. La toma del poder
En las elecciones de mayo de 1928 los nazis tan solo obtuvieron 12 escaños en el Parlamento, en tanto que la izquierda alcanzaba un claro triunfo. Meses más tarde se producía el crac de la Bolsa de Nueva York, de dramáticas consecuencias para Alemania. La crisis económica y social dio oxígeno a los nazis. Ambiente previo a la celebración del III Congreso del Partido Nazi. Nuremberg, 1927.
En las elecciones de 1930 el Partido Nacionalsocialista contabilizó 107 diputados que representaban a casi 6,5 millones de votos (18% del electorado), lo que significaba su primer gran éxito en las urnas. Frente a ellos, 4,5 millones de votantes otorgaron su confianza a los comunistas que situaron 77 diputados en el Parlamento. La polarización de la vida política alemana era ya un hecho. Parada nazi celebrada en 1931
La imposibilidad de formar un gobierno estable llevó a la celebración de otras elecciones, esta vez en julio de 1932. Los resultados fueron aún más alentadores para los nazis, pues el NSDASP consiguió 230 diputados, alcanzando la mayoría (no absoluta) del Parlamento.
Ascenso y toma del poder.
La negativa del presidente Hindenburg a nombrar jefe de gobierno a Hitler, forzó a una nueva convocatoria electoral. Esta vez los nazis obtuvieron 196 diputados y el presidente de la República invistió canciller a Hitler y le encargó la formación de un gobierno. El nuevo gabinete se configuró como una coalición de partidos de centro-derecha, con el apoyo de las fuerzas armadas (Von Papen, Hugenberg, Blomberg, etc). La razón de esa asociación radicó en que el Partido Nazi carecía de mayoría suficiente para gobernar en solitario.
En esta ocasión solo dos ministros, Frick (Interior) y Göring (Sin cartera) fueron nazis, el resto pertenecía a otras formaciones políticas. Tras formar gobierno, Hitler convocó nuevos comicios. Días antes de su celebración, el edificio del Parlamento alemán, el Reichstag, fue objeto de un intencionado incendio que lo destruyó (febrero de 1933).
Hitler aprovechó la ocasión para responsabilizar del acto a los comunistas y socialistas por lo que, mediante el Decreto para la protección del pueblo y el Estado, promulgó una serie de medidas de excepción que liquidaron la libertad de opinión, prensa y asociación, poniendo fuera de la ley a la mayor parte de la oposición. En un ambiente de amenazas se celebraron los comicios en marzo de 1933. Éstos dieron la mayoría (44 %, 288 diputados) al NSDAP. Hitler, una vez excluidos los comunistas, forzó al Parlamento a que le concediese poderes especiales durante 4 años.
A partir de ese momento, procedió a desmontar el régimen democrático de Weimar. Fueron prohibidos los partidos políticos, quedando únicamente como legalmente reconocido el Partido Nazi. Se limitaron los derechos de reunión y expresión, la prensa fue censurada, se elaboraron listas de libros prohibidos, etc. Texto. Las leyes del nuevo Estado nazi. Decreto-ley del presidente del Reich para la protección de la nación y el Estado. De 28 de febrero de 1933
Se creó la Gestapo, policía política destinada a controlar y eliminar a los opositores. Parte de los intelectuales hubo de exiliarse del país y los funcionarios considerados no afectos al nazismo fueron depurados. Texto. El exilio de intelectuales y científicos. A. Einstein. Mis ideas y opiniones. Marzo de 1933.
El siguiente paso en la senda por el control absoluto del poder se dio con la eliminación de las facciones revolucionarias existentes dentro del propio Partido Nazi. La más importante, sin duda, la constituían las SA, grupo paramilitar dirigido por Ernst Röhm, que esgrimía como principio la abolición del capitalismo mediante una revolución. El proceso de integración del Partido Nazi en las estructuras de poder tradicionales, encontró en esta organización un estorbo, por lo que Hitler decidió destruir su poder mediante la eliminación de sus líderes.
La acción se llevó a cabo durante la denominada “noche de los cuchillos largos” (30 de junio de 1934), en el transcurso de la cual fueron asesinadas más de 200 personas ligadas a las SA. Los grandes empresarios y la derecha más reaccionaria se sintieron aliviados respecto a las intenciones de Hitler y acercaron sus posturas a su política que, a partir de entonces, quedaba desprovista de cualquier tipo de reivindicación subversiva o revolucionaria.
El Estado nazi
El nuevo parlamento emanado de las urnas en marzo de 1933 confirió a Hitler, mediante decreto, plenos poderes durante cuatro años. Ello implicó la aniquilación del sistema democrático y la actividad de los partidos. El nazismo entre 1933 y 1935. Idioma: inglés
La muerte del presidente Hindenburg, en agosto de 1934, selló el destino de la República de Weimar, que fue reemplazada por una nueva estructura estatal, el Tercer Reich (Tercer Imperio Alemán), significado por su totalitarismo y supeditado a la dictadura personal de Adolf Hitler. Éste pasó a ostentar la Jefatura del Estado -cargo vacante tras la muerte de Hindenburg- por medio de un referéndum que le concedió un 88% de votos favorables.
La acción del Tercer Reich se resolvió en los siguientes campos:
La acción del Estado nazi en el campo político
La acción política llevada cabo por Hitler se materializó en la creación de un régimen totalitario, que eliminó del campo político y social cualquier rastro de oposición. Se valió para ello, en un primer momento, del juego político democrático complementado con el uso de la violencia; más tarde, de la fuerza de una dictadura personalista, impuesta a través del empleo sistemático del terror. La trascendencia de estos hechos sobrepasó el ámbito del Estado alemán y afectó de forma significativa al terreno internacional, ya que la agresiva política nazi contribuyó de forma clara a tensar las relaciones durante los años 30 y a desencadenar una Segunda Guerra Mundial.
La política internacional de Hitler se consagró desde sus inicios en censurar el Tratado de Versalles. A raíz de su firma, un amplio sector del ejército y la derecha acusó a los nuevos gobernantes de haber traicionado a Alemania, haciéndolos responsables de lo que consideraban una paz vergonzosa realizada a espaldas del pueblo. Texto. La guerra de 1914 y las ansias de revancha de Hitler. Mi lucha.1924
Crítica a la desmilitarización alemana
Desde entonces denunciaron el Tratado y lucharon por revisarlo, especialmente, en lo concerniente a las cesiones territoriales que Alemania se había visto obligada a efectuar y a las cláusulas de desmilitarización de su territorio.
El eje fundamental de sus relaciones con el exterior estuvo constituido por una política expansionista y pangermanista (unión de todos los alemanes) que sirvió de instrumento para llevar a la práctica la teoría del “espacio vital”, necesaria para asegurar el desarrollo demográfico y económico de Alemania.
Anexión de los Sudetes
En octubre de 1934 Alemania abandonó la Sociedad de Naciones y la Conferencia de Desarme, rompiendo así con el orden internacional instituido. Texto. Hitler denuncia la acción de la Sociedad de Naciones. Su política se hizo cada vez más agresiva, materializándose en un enérgico rearme cuya evidente motivación, además de la económica, era la preparación para la guerra. Texto. Ideario de la Sociedad de Naciones.
Referéndum
En 1935, tras un referéndum, celebrado en un ambiente de intimidación y violencia, Alemania recuperó la zona del Sarre que permanecía controlada por la Sociedad de Naciones desde el término de la Primera Gran Guerra. Este acto fue acompañado de la reinstauración del servicio militar obligatorio, que había sido expresamente prohibido en los tratados de paz de 1918.
En 1936, incumpliendo el Tratado de Locarno de 1925, el ejército alemán entró en la zona desmilitarizada de Renania, rompiendo así con el espíritu conciliador que dicho pacto había alcanzado. Texto. Palabras conciliadoras de  Aristide Briand (político y primer ministro francés) sobre el Tratado de Locarno. Mediante el llamado “Pacto Antikomintern” Alemania estrechaba sus vínculos con Japón. Ambas potencias se comprometían a perseguir y reprimir cualquier tipo de actividad relacionada con el comunismo de la Tercera Internacional (Komintern). En realidad tras ese tratado se fijaban las bases de una estrecha colaboración diplomática en momentos en que ambos estados estaban necesitados de apoyos para llevar a cabo su política agresiva, al margen del derecho internacional.
Las potencias democráticas permanecieron impasibles ante iniciativas como esa. Por contra, la Italia de Mussolini la apoyó.
Italia y Alemania intervinieron decisivamente en la Guerra Civil Española (1936-1939) respaldando al general Franco, rebelado contra el gobierno legítimo de la Segunda República, bajo el pretexto de apoyarlo en su lucha contra el bolchevismo internacional.
En marzo de 1938 Austria era anexionada al Tercer Reich, concluyendo una de las máximas aspiraciones de Hitler, el "Anschluss" o agrupación política de todos los hermanos alemanes.
Más tarde, en octubre del mismo año, invadió con el beneplácito de Francia, Reino Unido e Italia, expresado en el Pacto de Munich, los 28.000 km2 por la que se extendía la región de los Sudetes (Bohemia y Moravia), bajo la soberanía de Checoslovaquia y donde residían unos tres millones de personas de ascendencia alemana, deseosos de pertenecer al Reich.
En marzo de 1939 invadió el resto de Checoslovaquia, fundando con sus territorios un Protectorado dependiente del III Reich. Anexión de Checoslovaquia. Finalmente, el 1 de septiembre de 1939, sin declaración previa de guerra, invadió Polonia, provocando con ello el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
La acción del Estado nazi en el campo económico
La I Guerra Mundial supuso para Alemania un importante descalabro económico. Durante la posguerra las dificultades se vieron agravadas por el desembolso de fuertes sumas como reparación de guerra a los vencedores.
El principal problema con que se enfrentó el Estado fue la hiperinflación. Ésta afectó al tejido económico y golpeó a amplias capas de la sociedad, especialmente a asalariados, funcionarios, pequeños ahorradores y pensionistas.
A partir de 1924 la situación mejoró, pero unos años más tarde, el crac de 1929 y sus repercusiones, hundió de nuevo la economía alemana.
La principal secuela de la crisis, el desempleo, golpeó con especial virulencia a las clases media y obrera que, en cierta medida, se arrojaron a los brazos del nazismo. Hitler prometía incesantemente que resolvería los problemas de manera rápida y eficaz cuando alcanzase el poder.  Texto. El apoyo de la clase obrera al nazismo. G.D. Cole. Historia del pensamiento socialista. Socialismo y fascismo, 1931-1939
Cuando eso sucedió puso en marcha una serie de medidas cuyo efecto se vio reforzado por el cambio favorable en la coyuntura económica internacional: arbitró créditos a las regiones que acometiesen obras públicas y crearan empleo, incentivó el abandono del trabajo femenino en beneficio del masculino, impuso un período de trabajo sin remuneración a los jóvenes con edad comprendida entre los 18 y 25 años. Finalmente, reintrodujo el servicio militar obligatorio, lo cual alivió la presión del desempleo en aquellos que lo cumplían. Repercusiones de la militarización sobre el empleo
La economía alemana bajo el nazismo estuvo condicionada por los intereses del Estado. Pero, a diferencia de la URSS, se mantuvo el sistema capitalista y con él la propiedad privada. Al igual que en el régimen fascista italiano las grandes empresas ni la banca fueron nacionalizadas.
La tierra permaneció en manos de los grandes terratenientes y las condiciones de trabajo de los campesinos no mejoraron sensiblemente. Hitler hizo hincapié en el desarrollo de la industria pesada y química, en manos de grandes grupos industriales (Krupp, Vögler, Boch, Siemens, etc), preparados para hacer frente al programa de rearme del ejército alemán, fundamental para garantizar una política internacional agresiva y expansionista.
En 1936 se puso en marcha un Plan Cuatrienal, cuyo director, Goering, ponderaba la militarización de Alemania con vistas a una futura guerra. Obviaba principios esenciales del capitalismo como el coste y el beneficio empresarial, dando prioridad a la consecución de la autarquía que permitiese el autoabastecimiento de alimentos y materias primas durante el conflicto.
Esta política acrecentó el poder de los magnates de la industria militar, que conseguirían por medio de la guerra enormes beneficios, acrecentados por la política de saqueo de territorios conquistados y el empleo de mano de obra esclava o semiesclava en sus factorías.
El principal cliente de la producción fue el Estado. Para financiarla el III Reich recurrió a una política de endeudamiento que en 1938 ascendía a la astronómica suma de 31.000 millones de marcos.
La acción del Estado nazi en el campo social
El nazismo mantuvo el capitalismo como sistema económico y social. Hitler se apoyó en los grandes empresarios para ascender y consolidarse en el poder, en tanto que sobre la clase obrera recayó la tarea de reconstruir la economía alemana, maltrecha tras la Gran Guerra y la crisis de 1929.  Texto. El apoyo del gran capital a Hitler. A. Krupp. Declaración en el Proceso de Nuremberg. 1948. El apelativo “socialista”, presente en las siglas del Partido Nazi, careció de un significado real y constituyó una mera argucia dirigida a atraerse a un importante sector de la sociedad. La estructura de la propiedad, especialmente la agraria, no sufrió cambios respecto a épocas precedentes y los grandes terratenientes mantuvieron su influencia, siendo uno de los puntales del régimen.
A medida que el rearme alemán fue incrementándose se produjo una perfecta fusión entre los jerarcas nazis y los empresarios relacionados con la industria militar. El renacimiento económico alemán se realizó a costa de los bajos salarios, un ritmo creciente de trabajo y la absoluta desarticulación organizativa de los trabajadores: los sindicatos de clase y las asociaciones políticas fueron prohibidos. La organización de las empresas se estableció sobre la base de una profunda jerarquización que, a pesar del empeño que el régimen puso por disimular mediante iniciativas de carácter propagandístico como el acceso de todos los alemanes a la motorización, agudizó las diferencias entre trabajadores y empresarios.
La contrapartida fue la erradicación del desempleo, que sirvió a Hitler para hacerse acreedor del favor de una buena parte de los obreros en paro. Éstos prefirieron ocupar un puesto de trabajo en ausencia de democracia que la libertad sin él.
La sociedad sufrió un proceso de homogeneización que desembocó en la persecución y eliminación de elementos izquierdistas, minorías raciales (gitanos o eslavos), homosexuales, deficientes mentales y, de forma especial, judíos. Éstos últimos, muy activos en la vida económica y social de Alemania fueron segregados del resto de la población y les fueron impuestas leyes discriminatorias que arruinaron su normal desarrollo político, social y económico.
En sustitución de los sindicatos, suprimidos en mayo de 1933, se creó el Frente Alemán del Trabajo, presidido por Robert Ley, que reunía en su seno tanto a trabajadores como a empresarios y prescindía de la lucha entre clases esgrimida por las organizaciones de inspiración marxista. Llegó a contar con 25 millones de afiliados y gran influencia dentro del entramado estatal.
La política social se llevó a la práctica mediante una intensa acción de tutelaje sobre los trabajadores, que fue más allá incluso de su vida laboral. Para ello fueron planificadas numerosas actividades culturales (cine, teatro, deportes, viajes, etc), cuya misión era identificar a las masas con el régimen y potenciar una falsa imagen de igualdad entre sus miembros y los de la clase dominante.
La acción del Estado nazi en el campo ideológico
Elemento clave de la ideología nazi fue la cuestión racial.
Hitler hablaba en su Mein Kampf de la existencia de razas superiores y razas inferiores. El pueblo alemán pertenecía al primer grupo. Para evitar su contaminación y conservar la pureza racial era menester proceder a una profunda segregación.  Especialmente peligrosa estimaba que era la raza judía, a la que calificaba como degenerada y causante de gran parte de los males de Alemania.
EL ANTISEMITISMO (odio a los judíos) existía en Europa desde hacía siglos. Pero los nazis lo elevaron a la máxima categoría.
Otro ingrediente esencial de esa ideología era la cuestión del “espacio vital”. Según esta teoría, Alemania necesitaba expandirse allende sus fronteras para canalizar su crecimiento demográfico y potenciar su desarrollo económico.
Para ello era preciso quebrantar las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles y conquistar territorios, especialmente en el oriente europeo, a costa de los pueblos eslavos, Polonia y el inmenso territorio soviético.
La educación se utilizó como instrumento de adoctrinamiento en los ideales del nazismo. Todos sus niveles se vieron sometidos a un riguroso control y los profesionales de la enseñanza fueron depurados y encuadrados en una estructura de carácter pseudomilitar. Los programas de estudios se desarrollaron bajo las premisas de un profundo racismo. La cultura en general y el arte en particular, experimentaron una profunda selección, siendo reprobado y perseguido el llamado “arte degenerado” ("Entartete Kunst"). Bajo este epígrafe se clasificaron las tendencias vanguardistas (cubismo, dadaísmo, fauvismo, impresionismo, etc) y artistas como Picasso, Van Gogh, Munch, Kandinsky, Klee, entre otros.
En 1937 se celebró una exposición en Munich cuyo objeto era recuperar lo que Goebbels había calificado como “esencia del arte alemán”. En ella predominó el estilo figurativo y géneros como los bodegones, los paisajes y la figura humana a través de la cual se exaltaba el ideal de belleza y perfección de la raza aria.
En 1933 fue instituida la Cámara de la Cultura del Reich, de la que pasaron a depender siete organismos: cine, teatro, música, prensa, radio, literatura y arte, y en la que debían inscribirse de forma obligatoria los profesionales que desarrollaran alguna de esas actividades.
Los libros y la prensa fueron estrechamente vigilados por medio de la censura, prohibiéndose la publicación de aquellos ejemplares juzgados como depravados o atentatorios contra el régimen.
Se quemaron públicamente miles de volúmenes, como aconteció el 10 de mayo de 1933. Numerosos escritores debieron huir (Thomas Mann, Bertolt Brecht, Stephan Zweig y otros). La censura se extendió también a otras manifestaciones expresivas como el cine o la radio.
El régimen invirtió grandes esfuerzos en el control y adoctrinamiento de la juventud. Ésta fue encuadrada en organizaciones, entre las que destacó la de las "Juventudes Hitlerianas", a cuyos miembros les eran inculcados los principios del nazismo. Se hizo énfasis en el cuidado físico y deportivo, por ser considerados medios idóneos para el mantenimiento de una raza sana y fuerte, base del futuro ejército alemán. Todas esas organizaciones fueron sometidas a una rígida disciplina castrense. El papel de la mujer, aunque en menor medida que en otros regímenes similares, se circunscribió a la esfera doméstica y su función principal quedó reducida a la de engendrar y educar a los hijos. Desde niños, hombres y mujeres eran separados y encuadrados en razón a su sexo. Se ensalzó el papel de madre y se instituyó una festividad para conmemorarlo, llegándose a conceder premios a la fertilidad a aquellas mujeres que lograsen una mayor descendencia.
Determinadas libertades que habían sido conquistadas por la mujer durante la República de Weimar fueron suprimidas y sus puestos laborales ocupados por los varones. Solo cuando durante la II Guerra mundial escaseó la mano de obra, se acudió de nuevo a las mujeres como sustitutas de los varones. Junto con el terror, la propaganda fue empleada como forma de imponer las ideas.
Se generalizó la celebración de imponentes concentraciones de masas, presididas por Hitler y los máximos dirigentes del partido donde, en un ambiente de enardecido patriotismo donde se enarbolaban los símbolos nazis (estandartes y banderas con la esvástica, saludos marciales, etc).
Se construyeron escenarios permanentes para este tipo de manifestaciones, como el diseñado por Albert Speer -el más prestigioso arquitecto del régimen- en Nuremberg, que contaba con estadio, sala de congresos y amplias avenidas para el desarrollo de desfiles.
La arquitectura se empleó como instrumento de enaltecimiento del régimen. Surgieron fastuosos proyectos, como el de Germania, diseñado por Speer, una ciudad dotada de formidables edificios y avenidas, destinada a ser la nueva capital del mundo.
La Segunda Guerra Mundial truncó la realización de dicho sueño.
En el centro de todos esos fastos se situaba la figura del Führer. Incluso los Congresos del Partido, desprovistos de un verdadero carácter deliberativo, se convocaban para exaltar su figura. Se alteró el calendario laboral y se instituyeron nuevas festividades como la que conmemoraba el cumpleaños de Hitler.
Su imagen se representó hasta la saciedad en las más diversos escenarios y actitudes: militar, político, familiar, paternal, etc. Figura insustituible en la organización del aparato propagandístico del régimen fue Joseph Goebbels. Mediante inflamados discursos radiofónicos y artículos de prensa, cargados de antisemitismo y xenofobia, encandiló a las masas.
Durante la II Guerra Mundial sus alocuciones se esforzaron en sostener la moral del pueblo alemán alentándolo a una heroica resistencia, cuando ya era inevitable la derrota del Tercer Reich. El obispo Muller en 1933 entre miembros de las SA, saludando. Ampliar imagen
Respecto a las relaciones con la Iglesia, los nazis intentaron controlar las dos confesiones más importantes de Alemania, la Evangélica (mayoritaria) y la Católica. Con la Santa Sede firmó un acuerdo en julio de 1933 que regulaba las relaciones entre ambas instituciones y contribuyó a incrementar el prestigio internacional del régimen.
A la postre, sin embargo, esas relaciones se enfriaron, ya que una parte del clero recelaba del control que Hitler ejercía sobre el Estado y los métodos que utilizaba para perpetuarse en el poder.
El antisemitismo nazi
El antisemitismo es la ideología que preconiza el odio u aversión a las creencias y cultura de los judíos. El antisemitismo no es un fenómeno contemporáneo, de hecho, la aparición del cristianismo, nacido del judaísmo, supuso el inicio de la persecución de los judíos.
En el Medievo fueron frecuentes los casos de acoso a la religión y las costumbres judaicas en los estados cristianos y, en menor medida, en los musulmanes. Piénsese, por ejemplo, en la expulsión que los judíos no convertidos sufrieron en 1492 en España durante el reinado de los Reyes Católicos y en las persecuciones de que fueron objeto los conversos. Episodios similares acontecieron, en mayor o menor grado, en otros estados.
El nazismo, despojado de motivaciones religiosas, confirió al antisemitismo un carácter racista y nacionalista, ejerciéndolo con una violencia e intensidad que hizo palidecer las prácticas antijudías de otros tiempos y de los estados de su entorno. Los judíos alemanes fueron hostigados de forma gradual: en primer lugar entorpeciendo sus actividades económicas laborales y desacreditándolos socialmente. Más tarde, se legisló contra ellos. Mediante las denominadas "Leyes de Nuremberg" (septiembre de 1935) se retiró la nacionalidad alemana a los judíos, se prohibieron los matrimonios mixtos entre judíos y alemanes y se les denegó el ejercicio de cualquier profesión que tuviese relación con la función pública (docencia, ejército, funcionariado en general). Texto. Leyes de Nuremberg. 1935
Los comercios e industrias cuyos propietarios eran judíos fueron boicoteados y paulatinamente sufrieron el proceso de "arianización", es decir, pasaron a propietarios no judíos mediante la compra por precios irrisorios. Los empleados judíos de dichos negocios fueron despedidos y sustituidos por otros de "raza aria".
Posteriormente, en 1941, fueron obligados a lucir en la ropa una estrella de David para permitir su identificación en público. El episodio que marcó el punto de inflexión en la persecución de los judíos tuvo lugar durante la noche del 9 de noviembre de 1938, la denominada “noche de los cristales rotos”, durante la cual barrios, sinagogas y locales propiedad de judíos fueron destruidos y centenares de ellos asesinados. La actitud del pueblo alemán frente a esos desmanes fue de de pasividad y tolerancia, siendo muy pocos los que abiertamente se opusieron a ellos.
La II Guerra Mundial agudizó la política antisemita nazi. Los judíos hubieron de abandonar sus hogares y fueron recluidos en guetos y campos de concentración. Y no solo los de nacionalidad alemana, sino también aquellos que pertenecían a los países conquistados por la Wehrmacht (Ejército alemán) o que caían bajo la órbita nazi.
El gueto más importante fue el de Varsovia, donde fueron recluidos cientos de miles de personas condenadas a vivir hacinadas y mal alimentadas. En abril de 1943 los judíos de dicho gueto se sublevaron ante la masiva política de deportaciones a campos de concentración que realizaban los nazis.
Junto a los guetos, los judíos fueron recluidos en campos de concentración cercados por muros, alambradas y vigilados desde torretas. En la década de los treinta se construyeron algunos, como los de Buchenwald o Dachau, pero durante la Segunda Guerra Mundial se incrementó su número y capacidad.
Allí fueron internados los disidentes del régimen, soldados enemigos, homosexuales, gitanos y, por supuesto, judíos. Los prisioneros eran sometidos a trabajos forzados, hasta la extenuación, en la fabricación de componentes militares para el ejército alemán y otros menesteres; cuando se veían imposibilitados para hacer frente al ritmo de trabajo, eran eliminados.
Con la puesta en práctica de la “solución final”, es decir, la eliminación sistemática de todos los judíos bajo jurisdicción alemana, se crearon campos especiales, dotados de instalaciones capacitadas para hacer frente al exterminio masivo de personas.
Auschwitz-Birkenau y Lublin-Majdanek poseían cámaras de gases venenosos para las ejecuciones y hornos crematorios para eliminar los cuerpos.
Las condiciones de vida en esos campos eran infrahumanas y el trato que los prisioneros recibían a manos de sus guardianes, normalmente miembros de las SS (Schutz-Staffel), brutal. Muchos fueron sometidos a experimentos médicos, otros castigados cruelmente. Se calcula que unos 4 millones de prisioneros, en su mayor parte judíos, murieron en los campos nazis.
Documental soviético presentado por los soviéticos en el Juicio de Nuremberg como acusación de las atrocidades cometidas por los nazis en los campos de exterminio. Se centra fundamentalmente en e Auschwitz. Audio: ruso y alemán. Subtítulos en italiano
Al final de la contienda, el "holocausto", es decir, la gran matanza de judíos, había llegado a superar los 6 millones. Los que sobrevivieron lo hicieron en tremendas condiciones y la experiencia les marcó durante el resto de sus vidas. Muchos de ellos no volvieron jamás a sus hogares y optaron por emigrar, fundamentalmente, a Palestina, donde en 1948 se creó un estado judío, el actual Estado de Israel.

EL NAZISMO EN EL CINE: EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD
Las similitudes existentes entre el cine nazi y el cine soviético son lógicas, teniendo en cuenta que en ambos casos se trató de un cine fuertemente dominado por el aparato estatal, sujeto a un férreo control burocrático por parte de sus respectivos partidos y que, a la postre, no dejaban de ser producto de dos países dominados por un sistema político totalitario y basados en el culto a la personalidad de sus líderes supremos.
Hoy en día es algo comprobado por parte de los historiadores del cine que una parte del cine nazi tomó como referencia los grandes modelos del cine soviético. De este cine, los nazis tomaron el gusto por el montaje rítmico,  el tono retórico de los planos, con contrapicados, enfáticos ángulos de cámara, la afición por los primeros planos muy ceñidos de rostros o la representación de planos del cielo dotándolos de gran contenido dramático gracias al uso de filtros fotográficos.
A veces la influencia se deja notar por contraste, pero aún así es evidente: las masas desbordadas y hormigueantes que aparecen en Octubre (Oktyabr, Sergei Eisenstein, 1927) obtienen su reflejo antitético en los desfiles y paradas de masas organizadas rígidamente en El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935) y Olimpiada (Olympia, 1936) de Leni Riefenstahl.
Como señala Román Gubern, estas similitudes han originado aproximaciones críticas entre dos obras, en principio tan aparentemente antagónicas como El acorazado Potemkin y El triunfo de la voluntad.
La propia Leni se defendió de este paralelismo alegando que no se podían comparar ambas obras al tratarse la primera de una película de puesta en escena, un “film orientado” y, la suya, un documental. Ella siempre se defendió de las acusaciones de propagandista nazi diciendo que se había limitado a ser una mera “documentalista”, a filmar lo que ocurrió durante el Congreso nazi de 1935 celebrado en Nuremberg. Sin embargo dichas afirmaciones, como veremos a continuación, son sólo verdades a medias.
Respecto a tales afirmaciones hay que decir que si El triunfo de la voluntad es un documental, la organización del Congreso que documenta obedeció a una colosal puesta en escena, teniendo siempre en cuenta la presencia y localización de las treinta cámaras que lo iban a filmar. Por esa razón se puede decir que tanto El triunfo de la voluntad como Olimpia, la película posterior de Leni sobre los Juegos Olímpicos de Berlín, inauguran un género nuevo, mezcla del documental y del cine propagandístico para las cámaras.
El triunfo de la voluntad no se limita a filmar lo que ocurrió de forma átona y neutra sino que hace uso de todos los medios de que dispone el cine para manipular la realidad: se rodaron tomas adicionales en estudio, se trastocó la cronología de los hechos en beneficio del discurso político de la película, se utilizó el montaje y la fotografía con una clara intencionalidad. Si Leni filmó el Congreso, se puede decir que luego lo reconstruyó en su estudio gracias al montaje y la moviola y todo ello en función de su clara intencionalidad propagandística.
A continuación, veremos brevemente algunos ejemplos destacados por Román Gubern de ese uso propagandístico del montaje cinematográfico de El triunfo de la voluntad puestos al servicio de la ideología nazi:
-          La película se inicia con las imágenes del águila imperial y la cruz gamada.
-          A continuación la película sigue con unas tomas aéreas del avión de Hitler que, además de remitir al famoso eslogan utilizado por Hitler en su campaña electoral “Hitler sobre Alemania” sirven para asimilar a Hitler con un enviado celestial, metáfora que es subrayada con la imagen de Nuremberg abriéndose entre la bruma ante la llegada del líder nazi.
-          En el trayecto de Hitler desde el aeropuerto a su hotel mientras desfila entre las masas, Hitler es fotografiado a veces de pie en el automóvil contra el sol, para que su perfil aparezca rodeado por una aureola luminosa. Del mismo modo, en un momento, al realizar el saludo nazi la luz del sol se refleja en la palma de la mano como si Hitler fuera el depositario de una energía divina.
-          El tema del fuego aparece repetidamente a lo largo de la película (en los conciertos nocturnos, la consagración de las banderas, etc.) con una gran carga simbólica, pues se trataba de una imagen de poder, regeneración y vida además de un símbolo de germanidad.
-          La visualización y el sonido de los tambores y trompetas remite a las legiones del imperio Romano.
-          El homenaje a los caídos de la I Guerra Mundial es escenografiado casi como si de una ceremonia religiosa se tratase, con Hitler, Lutzer y Himmler avanzando en formación triangular (con Hitler en el vértice, huelga decirlo), convirtiéndoles en una especie de sacerdotes paganos y siendo rodada desde un emplazamiento elevado como si fueran contemplados por una divinidad celeste que bendijera el rito.
-          El führer es siempre fotografiado en contrapicados que le magnifican y, frecuentemente, contra el cielo o las nubes.
En fin, podríamos seguir con muchos más ejemplos, pero el sentido de la película ya parece evidente con éstos que acabamos de mencionar. Todos los elementos estéticos y todo el montaje y la fotografía de la película no son fruto del azar sino algo plenamente calculado, y tienen como eje central el tema del culto a la personalidad del führer.
Todo esto no hace sino ratificar la importancia de que el historiador que quiera utilizar el cine como fuente histórica conozca perfectamente los fundamentos técnicos del mismo. Sólo así puede analizarse una película como ésta, esta “obra maestra del mal” en palabras de Román Gubern y descubrir a la vez que advertir del peligroso y aterrador mensaje que contienen sus fascinadoras imágenes.